"LA ARQUITECTURA DEL CAUCA: Del barro a lo virtual", publicado en el Tomo II de "HISTORIA, GEOGRAFIA y CULTURA del CAUCA: Territorios Posibles" (Editorial Universidad del Cauca, Feriva 2001. No incluye las fotos de la publicación). El Cauca (entonces el Gran Cauca) correspondía a todo el occidente colombiano que limita con el oceáno Pacifico. Encerraba las minas de oro de aluvión de todo el occoidente nacional (con capital en Popayán) con una gran prolongación hacia la selva Amazonica (Quien quita que por allá, por fin, se descubriera EL DORADO). Cuando a finales del s. XVIII y principios del XIX se agotaron esas minas, fue desmembrado en 5 Departamentos.
In memorian
Edmundo Mosquera
Pedro Supelano Sanchez
Silvio Yepes Agredo
De entrada es necesario preguntar cómo juega hoy en el
proceso de consolidación del patrimonio y el espacio habitable, la razón de los
especialistas (planificadores, ingenieros, arquitectos, urbanistas, agentes de
turismo) cuando esta razón debe enfrentarse a la dependencia, la tecnología, la
identidad, la modernidad, la posmodernidad y de ahí en adelante frente a tantos
“ismos” que se van acumulando. No sería mala idea indagar si esos especialistas
hoy pueden esgrimir lugar privilegiado para comprender, desde su perspectiva
disciplinar, toda expresión urbana y
arquitectónica. Existen otros determinantes, más allá de lo académico, lo
profesional y los intereses del mercado del espacio y el paisaje, para
garantizar una comprensión más completa y compleja del tema. Esas otras
razones, por lo general, no se tienen en cuenta en el ámbito profesional cuando
se trata de entender globalmente nuestros cimientos arquitectónicos y, por lo
tanto, escapan a esa puntual lógica especializada.
Quienes ejercemos, desde certificados y diplomas, el oficio de la planificación, la arquitectura
y el urbanismo seguimos apostando a la exclusión
y a la explicación por la descripción.
Así, desde una estética “mayor”, considerada una racionalidad infalible, se
bloquea la validez de otras estéticas consideradas “menores”, simplemente “mal
gusto” o apriorismo sin valor. En otras palabras, hoy es insuficiente la
hegemonía plano-letrada que hasta ahora ha monopolizado las explicaciones
arquitectónicas enseñadas y editadas; la lógica que ha comprimido el patrimonio
arquitectónico básicamente sobre lo Colonial; la primacía pictórica que ha
terminado imponiendo la dictadura del “plano” y la “fachada” sobre la
espacialidad, desde donde se define la estética y el estrato social del
usuario; en fin, tambien la tiranía desestructurante de los “estilos”. Todos
aquellos aspectos, se deben contrastar con el fenómeno contemporáneo de la
manipulación de las imagenes y así tratar de entender más plenamente, aquello
que hoy se llama espacio cultural
habitable: ese determinado e indeterminado ámbito que contiene el pasado,
las utopias y el abanico de esperanzas diarias que la monetización de la vida y
las culturas permanentemente tensiona, diversifica, acompleja, recicla y
transforma.
Hoy en día, tienen más sentido como tiempo cultural de convocatoria un programa de televisión; una
singular manera de tatuarse, hablar o gesticular; unos CDs premiados con oro o
platino; la validez de una marca o simplemente una moda que los espacios e
hitos arquitectónicos tradicionales ( atrios, plazas, haciendas, casonas,
portales, campanarios, calles, patios, descampados) que apenas ayer garantizaban desde lo espacial, gran
parte de la identidad de los mayores.
Actualmente toma mucha
importancia lo que no ha sido legitimado desde
la profesión del arquitecto, para comprender, reciclar, ampliar y densificar
valores del patrimonio tecnocultural y natural
nada despreciables. Algo de esto se pre-siente
en la opinión de una niña de 10 años,
pocas horas después del terremoto de Popayán en 1983: “Ya que Popayán está tan acabado, lo más peligroso es
Desde que la japonés Koichiro Matsura lidera
en
Lo anterior
plantea inquietudes de innegable interés, aunque no sabría decir de cuánta
urgencia. Sin embargo, lo claro es que millones y millones de personas
urbanizándose, consumen y generan espacios culturales tangibles e intangibles
en sus itinerarios vitales, mientras construyen-destruyen-construyen su espacio
habitable. Actualmente lo destruyen-construyen bajo una tenaz cascada de
información (violencia simbólica, para muchos) impuesta desde fotos, revistas,
etiquetas, satélites, pantallas, monitores y vitrinas. Adicionalmente, las
lentes de cámaras y videograbadoras del especialista, del maestro de obra y del
turista, circulan manipulando y re-significando
el patrimonio arquitectónico que consumen. Pero, ¿por qué la arquitectura
en el Cauca y la arquitectura en el área de Conquista de influencia española es
como es y ahora la apariencia evoluciona como si fuese sólo un asunto autónomo
de imágenes visuales?
La manipulación del tiempo
“Los resanderos de abajo [del pueblo] que trabajan adentro de
la casa cuando hay muerto, trabajan con reloj. Yo trabajo afuera limpiando la
sombra y alegrando [limpiando con la especie de planta llamada alegrón], a ver si llega candelilla
sobre el techo del rancho, canta gallo por primera vez o cae cometa [palabansig]. Entonces me voy a dormir”.
Celestino Cantero, Muerebig Misagk, 1982
Más allá de la retórica de las imágenes y de las
publicaciones bellamente impresas, con las cuales legitimamente se llama la
atención sobre el patrimonio cultural en el Cauca inquietan otras preguntas: ¿Por
qué lo histórico, resulta concentrado sobre lo Colonial y se empieza a sentir
recelo en lo relativo a las explicaciones profesionales y académicas sobre lo
arquitectónico, sobre todo sobre aquella arquitectura sin arquitecto?; ¿Por qué
se roza sólo en los bordes el campo y la cuestión de la cultura popular y discidente
cuando de arquitectura, de diseño y de estética se trata ?; ¿Por qué en las
imágenes de esas impecables ediciones se privilegia la imagen en estado “puro”,
“aseptico”, es decir sin la presencia de los usuarios?
En términos de la relación
cultura/espacio/tiempo la narración profesional y académica (luego del
Modernismo de la Bauhaus, para nosotros la tercera modernidad) ha terminado
armada como un relato final y completo. Una visión terminal desde la “funcionalidad
geométrica” y lo “pictórico”, más que desde la relación
habitabilidad-espacialidad. De hecho esta modernidad, se construye sobre la
manipulación del olvido: Quiere decirse que lo anterior a la Bauhaus,
academicamente se excluye, se torna invisible o francamente irrelevante. Sin
embargo, la arquitectura Colonial se inició con la imposición, bio-lenta y
violenta, de un sentido diferente del tiempo-espacio sobre lo que se consideró
la “geografía natural” de estas tierras: No fue ni un asunto pictórico, ni un
problema geométrico. El poder buscó
consolidar
De hecho, el carácter omnidireccional de la espacialidad
oral, impide separar lo que llamamos arquitectura, del entorno que la contiene:
No existe dualidad entre lo externo (natural) y lo interno (construido); entre
figura y fondo; entre casa y terreno explotado; entre autor y constructor;
entre lo “mío” y lo de “todos”. La realidad se siente parte de una continuidad
parecida al viento o al fluir de un río. En este tipo de entorno oral, se
funden el tiempo y el espacio de lo diario con el tiempo y espacio de lo
mítico. Sin embargo, esa espacialidad tribal integral --hoy la llamamos
holística-- resultaba definida y “encerrada” según el limitado alcance de la
voz. Esta “debilidad” aparente de la espacialidad tribal, fue inmediatamente
aprovechada por el carácter abierto y unidireccional del poder letrado del
conquistador. Cuando la racionalidad “escritural” capaz de gobernar desde
España, se colocó sobre esa espacialidad limitada a lo oral-tribal, el impacto
colonizador alteró la temporalidad tribal de los orígenes; la sacralidad en el
consumo de recursos; la materialidad de la arquitectura tradicional; en corto,
la identidad y confort cultural de esas tribus. En este sentido varias veces escuché decir a indígenas guambianos:
“Nosotros somos lengua, todos [setebá];
ustedes son letra, números-unos [kandé]”.
La arquitectura habitacional precolombina
en el Cauca y en muchas otras regiones de la actual América, era biodegradable.
El devenir vital de tribus, familias y grupos tendía a concordar con el devenir
aparentemente cíclico y eterno del entorno natural. Así, la temporalidad de las
viviendas no estaba detereminada por la temporalidad de lo por vivirse sino por
la temporalidad de lo vivido [4]. Un
viejo muerebig guambiano (médico
tradicional) hizo los siguientes comentarios en una conversación que sostuvimos
en 1978[5]:
“Ahora hay que comprar bultos de cemento y todo el mundo
quiere casa como la (del pueblo) de abajo. Ahora hay que hacer casa con las
cosas de abajo y lo de abajo es caro [plata, abonos, panela, cemento, ladrillo,
tejas, hierro, clavos], mientras lo de arriba, lo de nosotros, es barato [la
mano, paja, papa, cebolla, uyucos, tejidos]. La madera se está acabando ... En
tiempo de los antiguanos no había pueblos como los de abajo (de los blancos)
... La carretera no se perdía en la ciudad ... Cuando alguien moría por allá
por Vitoncó se sacaba el muerto por un hueco que se le abría a la pared y el
rancho a veces se quemaba. Cuando hay muerto debe levantarse la sombra [del
lugar] para que no quede espantando, soplando coca y limpiando y alegrando
[refrescando] la ropa, los calderos, la casa y los trabajaderos con uña de gato
y alegrón”.
Este tipo de comentarios no sólo son una singular referencia
para entender la arquitectura de manera integral, sino que representan un
enfoque que podría calificarse de multi-dimensional: Así se garantizaba que la
vida re-empezase una y otra vez. Es evidente en el comentario, cómo entre la
temporalidad precolombina y la evolución de la arquitectura de los empresarios
de la conquista, se produjo un choque arrollador ( “abajo”- “arriba”, semilla
latente de aquello que hoy nos hace hablar de la asimétrica relación: Norte-Su)
con la virulencia brutal de una desconocida epidemia. Paradójicamente, mientras
ese impacto “liberó” a los pobladores de estas geografías de las limitaciones
del espacio oral, el proceso los condenó
a la esclavitud, al individualismo y, sobre todo, a la tiranía de un sentido de
tiempo y espacio fragmentados. Una nueva idea en cuánto a la temporalidad y
materialidad del espacio habitable, en esas nuevas condiciones impuestas,
irrumpió con la fuerza de un espacio-lección, como si se dijeses: el espacio con sangre entra. Sobre lo
biodegradable se impuso lo estático, la permanencia aparentemente concluida del
espacio textual. De lo eco-ordenado --hoy lo llamaríamos holistico de escala local-- se pasó a lo unidireccional, secuencial
y sectorial de escala transnacional; de lo multicentrado, típico del espacio
oral, se pasó al centralismo típico del orden letrado.
¿Cuál fue el papel que jugó la temporalidad colonial en la
arquitectura en el Cauca y, en general en la geografía de influencia española
como arma de dominación?; ¿Trató de comunicarse con la fuerza de la nueva
arquitectura que el poder colonial había venido a permanecer, a vivir “de
asiento”?; ¿Buscó
Este
cambio en cuanto a la temporalidad se apoyó en una legislación excepcional, a
través de la cual se manipuló la materialidad del espacio habitable. Es la
segunda referencia.
“... cada una de las personas que en esa
provincia tenga o tuviere indios encomendados haga y edifique una casa de
piedra, en el lugar y parte, según de y de la manera forma y traza que os
pareciere ... y no habiendo en la dicha tierra o comarca donde así ha de hacer
la dicha casa, comodidad de piedra para el edificio de ella, proveeréis que se
haga de argamaza o tapicería u otros materiales de los más perpetuos que se
puedan haber” (Encinas 1946:262).
Arquitectura, materialidad, perpetuidad: Un claro impacto
frente a los ciclos constructivos tradicionales. Poco después de expedida esta
orden, fue fundada Popayán. Así, cuando hoy fotografiamos, miramos o estudiamos
el patrimonio cultural (expresado en puentes, templos, haciendas, casonas,
casas, muebles, imágenes, espejos y objetos varios del patrimonio colonial
caucano) la idea de “estilo”, el sesgo producido por la nostalgia y la
tentación de abusar de un impreciso enfoque retrovisor, lo distorsionan todo.
En estas condiciones los materiales y la arquitectura se vuelven de “estilo
español”, “texturas limpias”, “perfecta unidad”, “pureza material”, “superficies encaladas”,
“paramentos netos”. Estas calificaciones ocultan que toda esa parafernalia jugó
un papel concreto y violento, en la consolidación y estabilización de la
administración de la conquista. Asi, una retórica formalista y manierista, ha
terminado ocultando que tras ese tipo de patrimonio y su evolución estaba y
está presente un poder imperial o transnacional: ser y razón de la expresión de
la arquitectura y urbanismo colonial como espacio estable de dominación.
Sobre aquella decisión entre materialidad y temporalidad, se cimentó un gran propósito
tecnológico, espiritual, militar, cultural y social. Se trataba de consolidar
un poblamiento sostenido y “de asiento”. Sólo así fue posible controlar con
éxito geografías tan extendidas y a pueblos de culturas consolidadas,
luchadores y diversos. Esta concepción todavía estaba activa siete años después
de
Lo que se ha expuesto,
en términos de la relación geografía-temporalidad-materialidad, podría
documentarse con más detallade: Por ejemplo, Lucas Fernández de Piedrahita puso
en boca de Sebastián de Belalcazar para la atención de Jiménez de Quesada lo
siguiente: “Entretanto que la nueva
población se acaba [ no permitan] que
los indios entren en el circuito de la población, hasta que hecha y puesta en
defensa y las casas de formas que cuando los indios las vean, les cause
admiración y entiendan, que los españoles pueblan allí de asiento y los teman y
respeten” (Fernández de Piedrahita, citado por Aprile-Gniset 1976:23). Esto
sería aplicable a algo así como a 30 centros de urbanización que tenía Colombia
hacia finales del siglo XVI. El punto que se quiere enfatizar, es que este no fue solamente un propósito militar
sino, fundamentalmente, una estrategia de imposición cultural programada desde
lo arquitectónico.
También es otro buen
ejemplo un comentario de Bernabé Cobo sobre la visita que hicieron en Lima al
capitán Diego de Agüero los caciques del rico valle de Lunagüana. En el texto
que señala el caso, se siente la fuerza dominadora que se sabía emanaba de la
nueva arquitectura, su equipamiento y
“las cosas notables de la casa”. Dice el cronista que el capitán, “los recibió con mucho agrado y muestras de
amor, y para más granjearles las voluntades les fue mostrando toda su casa y
las cosas de España que en ella tenía, que era lo que más novedad y ambición
causaba a los indios; y después de que hubieron visto despacio cuanto había de
curiosidad, los llevó a la caballeriza, para que viesen un hermoso caballo que
tenía, que entonces era la pieza más estimada que un español poseía” (Cobo
1972:100). Imaginemos visitas similares a Japio, Calibio, Yambitará, Antomoreno,
La Corona. Dando un salto, pero con el propósito de señalar el mismo fenómeno,
cuando el líder apache Jerónimo fue hecho prisionero de guerra del gobierno
norteamericano, lo llevaron a conocer las ciudades y la fábrica de donde salían
por cientos las novedosas carabinas Winchester. Entre otras cosas, el primer
objeto producido en serie en Am,érica, mucho antes que el Modelo T de Henry
Ford.
Usar
la arquitectura para generar ambición individual, debilidad colectiva e imponer
el modelo sobre cómo debía vivirse la vida o señalar cómo es la buena vida, a
la cual una persona “de bien” debe aspirar, es una poderosa y vieja táctica.
Hoy esto genera una inmensa violencia barrial, en las áreas bajo tensa
urbanizacion en nuestro pais y en general en Latinoamérica. Esta táctica,
actualmente la utiliza maravillosamente el mercado de objetos y ambientes, al
potenciar la inducción de necesidades cada vez más artificiales. Pero
regresemos al tema. Leamos, con todo lo anterior en la mente, esta cita de
Cieza de León (1972:104):
“Todo el término que hay desde [el Valle
del río Cauca] a la ciudad de Popayán
está lleno de muchas y hermosas estancias, que son a la manera de las que
llamamos en nuestra España alquerías o cortijos [¿Las que luego serían,
después de dos o tres reconstrucciones, las actuales Piedechinche, Cañasgordas,
Japio, San Julián,
Es
claro que el primer espacio que impactó las culturas locales en el Cauca, no
fue el urbano, sino el de la arquitectura
de las casonas de haciendas. De hecho, la ordenanza de Carlos V sólo tuvo
plena vigencia en el Cauca a nivel urbano más de dos siglos después de
promulgada y luego de varios terremotos. Hacia 1580 Popayán tenía apenas unas
30 viviendas. Según Francisco José de Caldas (citado por Aprile-Gniset 1976:28)
doscientos veintisiete años después contaba con siete mil setenta y cuatro
habitantes que residían en 380 casas de teja y 491 casas de paja. Existían,
además, 11 iglesias, 6 conventos y un seminario. De hecho, las iglesias, templos, conventos y
muchas casonas y casas que hoy se admiran en centros urbanos del otrora Gran
Cauca (Santa Fe de Antioquia, Buga, Anserma, Cartago, Cali, Caloto, Popayán,
Quiero
terminar la exploración de la relación entre temporalidad y materialidad con un sugerente comentario de Gonzalo
Fernández de Oviedo, quien sentía en América el futuro de Europa, como varios
siglos después lo argumentarían Hegel y varios otros. Para hacer énfasis en
este aspecto, comparó Santo Domingo con Barcelona. Obviamente hay que leer
estos juicios como parte de narraciones que nadan en un mar de exageraciones y
ficciones. No hay que olvidar que se trataba de acumular poder, vender
historias impresas (la ficción siempre ha sido un gran negocio político y
editorial) y tratar de obtener, ante tantas dificultades y maravillas
relatadas, dádivas hereditarias. Esta es la forma cómo Fernández, el cronista,
le encuentra títulos de excelencia a la ciudad de Santo Domingo:
“Más particularmente hablando, digo que cuanto a los edificios, ningún
pueblo de España, tanto por tanto, aunque sea Barcelona, la cual yo he muy bien
visto muchas veces, le hace ventaja generalmente; porque todas las casas de
Santo Domingo son de piedra como las de Barcelona, por la mayor parte, o de tan
hermosas tapias y tan fuertes, que es muy singular argamasa” (Fernández de
Oviedo 1972:92-93).
Tapiales, fortaleza y singular argamaza. No sólo por
consideraciones militares. La violencia simbólica está latente. Esta
“eternidad” manipulada desde la materialidad por una conquista brutal que no
hizo concesiones, impuso a los pueblos indígenas el inicio del largo tiempo de
la espera, el arranque de una paciente y dispar lucha por sostener la
identidad, el comienzo de un complejo proceso de negociación mientras se
edificaba, decantaban, apropiaban y reciclaban oportunidades, saberes,
prototipos y nuevas tecnologías.
Recursos constructivos: sobre-explotación y
sub-utilización
“El bosque de El Encanto, en Pisojé, tenía como doscientas
hectáreas. Era de puro roble y lo vendieron en Cali para hacer papel y cartón.
Papeles para escribir pendejadas y cartones para empacar cosas que uno
encuentra después tiradas en la basura”.
Collage
de Tribilín sobre los recuerdos con Tomasí, Popayán, 1970
Es posible aumentar
la perspectiva propuesta de los impactos
y explorar otro tipo complementario de sentido para enriquecer el entendimiento
sobre la arquitectura en el Cauca. Este otro enfoque es la relación: recursos
demandados, espacialidad producida, usuarios beneficiados. ¿Qué pudieron pensar
los habitantes de estas tierras, encontradas más que descubiertas, al asistir a
la explotación huracanada e indiscriminada de su entorno ancestral ?; ¿qué
pudieron sentir esos pobladores cuando debieron a la fuerza construir,
participando de la maravilla de las herramientas de hierro, esos barcos,
puentes, haciendas, conventos, templos, casonas, casas, mientras trataban de entender: armas,
muebles, caballos, espejos y tanta maravilla desconocida?; ¿no se usaba demasiado material, sobretodo madera rolliza, para
producir unos espacios para poca y sólo una muy determinada gente[7]?
Para
empezar a ensayar respuestas, viene al caso estudiar un notable ejemplo de la
espacialidad precolombina y contrastarlo con la producción y espacialidad
arquitectónica colonial. Es pertinente, para ello, reconstruir mentalmente el
espacio, como efecto tecnocultural, de un tipo de maloca descrita por los lados de la provincia de Arma, hacia la
entrada norte del valle del Risaralda. Cieza de León, quien pasó por ahí
corridas ya dos décadas del siglo XVI, la describió de esta manera:
“...sus casas son grandes y redondas,
hechas de grandes varas y vigas, que empiezan desde abajo y suben arriba hasta
que; hecho en lo alto de la casa un pequeño aro redondo, fenece el
enmaderamiento; la cobertura es de paja. Dentro de estas casas hay muchos
apartados entoldados con esteras; tienen muchos moradores ... los más valles y
laderas parecen huertas, según están pobladas y llenas de arboledas de frutales
de todas maneras” (Cieza de León 1972:75).
Un poco más adelante ya camino a
Popayán, dirá:
“El valle es muy llano y siempre está
sembrado de muchos maizales y yucales y tiene grandes arboledas de frutales y
muchos palmares (de chontaduros), las casas que hay en él son muchas y grandes,
redondas, altas y armadas sobre derechas vigas (1972:97,98)
La primera descripción hace referencia a un “multifamiliar”.
Una especie de “iglú” tropical, de
estructura nervada tipo “canasto”. Esta tipología espacial, sin la necesidad
de aquello que hoy llamamos “fachada”, es correcta para las áreas cálidas[8]. Hay que acompañarla con prototipos para
climas medios y más fríos. En las áreas templadas y frías del Cauca también
existían viviendas de un sólo espacio. En un clima menos cálido el gran espacio de la
maloca resulta poco apropiado en la relación confort/consumo de energía. Para
esas condiciones de montaña se construían viviendas de dos y tres pilares que
se encuentran expresadas en las tumbas o hipogeos de Tierradentro (
Los
pobladores de esas arquitecturas de repente vieron explotar y consumir a una
velocidad inédita miles de árboles, entre ellos esas arboledas de “frutales de
todas maneras” que, inclusive, acompañaban los caminos. No solamente las armas
de fuego sino las hachas de hierro y la imposición de una nueva manera de
explotar el entorno marcaron el ritmo del paso conquistador. Si a estas
consideraciones se añade que en muchos mitos americanos se cultivaba un eco
mesiánico, manifestado en la espera de unos poderosos dioses barbados de tez
blanca que debían llegar sobre el mar por donde sale el sol, el impacto fue
terrible y complejo: espiritual y material; simbólico y económico; cultural y
social; temporal y tecnológico; espacial y territorial.
La arquitectura
colonial en el Cauca, entonces, permite entender que se construyó imponiendo un
nuevo sentido al espacio, la materialidad y a la forma de apropiación de los
recursos para producirlo, mientras se negaba como lección válida la
arquitectura local. Con arquitectura para “notables” se demostraba y mostraba
radicalmente, la ruptura irreversible del orden social, cosmológico, ecológico
y tecnocultural existente. Desde este enfoque, no sólo los encomenderos fueron
los primeros en desarrollar, sobre la búsqueda de aumento de su señorío, la
monoexplotación (caña, tabaco, sólo
maíz, frijol o papa, maderas, quina), erosionando con potreros para ganado la
biodiversidad local, sino que para posibilitar la primera arquitectura de
haciendas, capillas de minas y la conformación de las plazas (centralidad desde
donde se empezó a desarrollar la ciudad) se sobreexplotaron recursos a una
velocidad inédita y en cantidades nunca vistas. Eran recursos que esos europeos consideraban
inagotables y por ello, de alguna manera, marginales. ¿No insistían las
noticias y las fábulas sobre estas tierras que acá todo era gigantesco? Esa
arquitectura, entonces, marcó el primer paso de algo que hoy ya es crítico: la
relación entre la sobre-explotación y la sub-utilización de los recursos.
La arquitectura y la
espacialidad coloniales son la expresión de la hipertrofia de la centralidad y
la fragmentación; la pérdida de integralidad y la erosión de la diversidad en
el entorno. Aún hoy llamamos tranquilamente “mejora” a un terreno sin su bosque original; sin embargo, desde el
punto de vista del valor económico de la biodiversidad que se destruye, esto es
más bien una “empeora”. El proceso
tecnocultural de producción de la arquitectura colonial en el Cauca fue el
reflejo de una ideología que educó para erosionar lo diverso, excluir el patrimonio
cultural y natural local (intangible o mejor invisible para la hegemonía
letrada) e imponer al diseñar y gestionar una manera fragmentada, individual y
aislada (es decir letrada) de enteder el espacio habitable.
Empezaba, para decirlo de otro modo, el
imperio de la obra aislada, con dueño, lo cual ha desembocado en el ideal de
que una arquitectura reconocible debe ser una obra de firma conocida, ojalá
premiada y sobre todo: editada.
Así se fortaleció una
confusión epidémica que aún se hace sentir. Empezaron a entenderse como
sinónimos “complejidad” y “desorden” y se trocó el inmenso valor de la
diversidad climática, biológica y cultural de estas tierras por lo “inmaduro”,
“vicioso”, “pestilente”, “mísero” efecto de una “geografía” apenas ayer salida
de la humedad del gran diluvio universal. En suma, estas tierras eran un medio
decaído y decadente (léase a Buffon, De Paw, Hegel, aún Dickens) donde la
ignorancia y la falta de civilización eran el “orgánico y natural reflejo” de
una naturaleza generadora de impotencia sobre la mente de unos primitivos
“naturales”. La necesidad de una arquitectura para “señores” como centro fue su
“normal” corolario. La arquitectura colonial, como espacialidad provocadora, al
recalcar lo europeo como centro del mundo potenció la vitalidad, aún muy viva
de una visión precopernicana que suponía que sobre lo europeo debía y debe orbitar toda
cultura y geografía. Pronto los mapas se editaron colocando el “norte”,
señalando la parte superior o más “importante” de la hoja del impreso y las
manecillas de los nuevos relojes empezaron a girar de izquierda a derecha, como
en los relojes solares giraba la sombra en el hemisferio norte.
Hoy es claro que estas tierras desconocidas para Europa,
interesaban e interesan más como los recursos de una geografía --vacía de
pueblos y culturas-- que como historia.
Aldous Huxley alguna vez dijo que para un europeo el mayor encanto de viajar
por el Nuevo Mundo era la elevada proporción de su geografía en relación con su
historia, mientras en Europa la geografía era limitada y la historia muy
amplia. Así, los pueblos “descubiertos” terminaron siendo pueblos encubiertos que interesaban como
encomendados, tributarios, siervos, mano de obra, catecúmenos, reclutas,
votantes y consumidores pasivos pero no como culturas. Por ello desde hace más de cinco siglos las explicaciones y debates con
las cuales se ha racionalizado el entendimiento sobre estas complejas
sociedades y culturas, pendula entre la aristotélica dialéctica de “libres” o
“esclavos”, la de tonalidad más teológica entre “persona” o “bestia” y la
relativa a la cualificación del poblador por su arquitectura entre habitante de
“casa” o “rancho”. Esas primeras semillas de haciendas y capillas fueron, en
este sentido, los faros de esas primeras “mejoras” de europeización. Es por
todo esto que, en el desarrollo actual de nuestra arquitectura, hemos dado la
espalda a las tecnologías alternativas o menos “minerales”, olvidando
profundizar y desarrollar importantes lecciones del diseño patrimonial y, sobre
todo, olvidando completamente las experiencias de las culturas locales (lo oral y lo intangible) y el clima ( aunque
si se puede medir y contar) al realizar nuestros diseños.
Con
todo aquel fondo, vibra el sentido de lo escrito en el Chilam-Balam (Anónimo
1941) sobre el tipo de desarrollo arquitectónico impuesto por los tzulues (blancos). Se trata, no debe
olvidarse, de lo escrito durante varios siglos, en un libro considerado de poder. Al formatearse y fijarse la
propia historia maya en “libro” --al exponerla con las letras de los
dominadores-- quizás se petrendió controlar y entender un problema que se salía de la oral
experiencia ancestral. En el Chilam-Balam (¿inicio del fenómeno que hoy nos
tiene hablando de la crisis ambiental?) se dice lo siguiente:
“[Los españoles] Ellos enseñaron el
miedo y vinieron a marchitar las flores. Para que su flor viviese, dañaron y
sorbieron la flor de los otros ... ¡Ay, será el anochecer para nosotros!
Grandes recogedores de maderos, grandes recogedores de piedras, los gavilanes
blancos de la tierra. Encienden fuego en la punta de sus manos y al mismo
tiempo esconden su ponzoña y sus cuerdas para ahorcar a sus padres” (Anónimo
1941:26, 157).
Fue el momento en el que apareció la hegemonía del espacio
interior e individualizado--colocado dominante sobre un entorno tropical--que
era, aún en las zonas más frías o de altura, climática y culturalmente más
exterioridad que interioridad y más “grupo” que “individuo”. Todo esto sucedió
mientras se popularizaron e impusieron nuevos repertorios constructivos y
simbólicos con la fascinación de la legitimación sobre un papel y con la vanguardia de las
armas de fuego, la letra, los caballos y las herramientas de hierro.
¿Cuántos
árboles de aquellas comentadas grandes arboledas de frutales se necesitaron en
la construcción y reconstrucción secular de las haciendas de Calibio, San
Julián, Cañasgordas, Piedechinche,
Japio,
Sobre termos y sombrillas
“!Claro, me voy a volver más vieja cantaleteando!. Estas muchachas son
tercas como mulas y no hacen caso: ¡ Abran todos los días por las mañanas las
puertas de la sala para que a las cortinas no les dé maldetierra!. Y para peor:
cuando viene visita la sala huele a entierro. ¡ Me tocará rezar el doble al Ecce-Homo para que hagan caso!”.
Eco
de mi abuela, cuando la familia vivía frente al Teatro Municipal, 1942
Otra perspectiva para
comprender la arquitectura la establece la espacialidad colonial por sumatoria
de “cajas” y su respuesta al clima. Recordemos las visitas de los caciques a la
casa del capitán Agüero e imaginemos visitas similares a las haciendas y casonas
en el Cauca. Pensemos que en esas oportunidades, a través de la arquitectura y los objetos de la casa, se
marcaba la dolorosa frontera entre “salvaje” y “civilizado”; entre “letrado” e
“ignorante”; entre “arcaico” y “moderno”. Pero si algo se imponía, era el radical
contraste entre “clima
geográfico” y “clima cultural” (Confort Cultural). La arquitectura educaba e imponía un cierto tipo de tecnología, un
rango preciso de consumo y una tipología frente a las condiciones ambientales
del entorno, mientras estimulaba la ambición por acceder a ese modo individualizado y espacializado de vida. Una
vez más el Chilam-Balam permite sentir desde el dominado, cómo fueron
entendidas esas “cajas” en tanto espacialidad impuesta:
“!Castrar el sol!. Eso vinieron a hacer
aquí los extranjeros ... será el tristísimo tiempo en que sean recogidas las
mariposas y entonces vendrá la infinita amargura ... Y he aquí que quedaron los
hijos de sus hijos, aquí en medio del pueblo ... se pusieron los cimientos de
Además de producir admiración, esos
espacios de “aprender en lo oscuro” y habitar “de asiento” practicamente para
muchos desde lo oculto, marcaron una tipología arquitectónica (la “caja”) y,
obviamente, alimentaron muchos temores y deseos. Ya iniciado el siglo XX en
unas elecciones en las cuales se colocaron las mesas de votación en el primer Centro Comercial construído en
el Cauca con capital privado (la galería
de Santander de Quilichao-1928) los indígenas Páez se negaron a entrar a
votar dentro de ese novedoso espacio
(Armando Velasco, comunicación personal),.
¿Se expresaba el eco de aquel explicable temor a lo encerrado?; ¿la
sospecha ante aquellos espacios de “aprender en lo oscuro”?; ¿el afán de no
dejarse limitar espacialmente, sinónimo de debilitamiento? La afirmativa es
alta. Más aún cuando en nuestra cultura europea las cárceles y las aulas
(¿j-aulas?) son “cajas”, cada cual con su género, su horario, su llave, su
normatividad y su jefe de disciplina.
¿Cuando se habla en
el Chilam-Balam de un espacio “de aprender en lo oscuro”, adicionalmente no se
está poniendo en duda la relación arquitectura-clima para las condiciones
tropicales?. Los patios, aleros y corredores en la arquitectura colonial hacen
pensar que esa arquitectura es ejemplar para las condiciones cálido-humedas. Pero, ¿por qué en
tiempos de los abuelos se decía que esas “cajas” había que abrirlas
periódicamente para que no olieran a encierro y para que a los vestidos y
cortinas no les diera “maldetierra”? Una “caja” de tapiales, es decir un espacio generado
por anchos muros de tierra, es más
análoga a un termo que a una sombrilla. En el trópico se necesita un espacio más ventilado, una arquitectura
abierta a la convección. En suma, no una arquitectura tipo “termo” sino una
arquitectura tipo “sombrilla”.
Si retomamos el caso de la espacialidad del
grupo Paez, su gusto por el espacio aparentemente ilimitado, además tendría
origen amazónico. Desde esa región esa tradición espacial, hacia finales del
siglo siglo XIV, habría llegado al actual Tierradentro. Este es un argumento
adicional para explicar la resistencia a vivir en concentraciones o poblados:
la importancia del rito del “refrescamiento” o “lavado” cuando toca asumir
algún proceso comunitario o familiar; el lugar significativo de la sepiente del
agua (¿güios?) en sus mitos, señalan haia esa posibilidad. Así se explicaría,
de alguna manera, su reacción ante los espacios
cerrados de origen europeo. Esto lo detectó, aunque no explicó, el padre
Manuel Rodriguez en1684: “...nunca han podido sus encomenderos conseguir de
ellos que en un mismo territorio o fuera se reduzcan a pueblos, a que se
resisten sobre todo ... Resistencia de las gentes a vivir en pueblos, lo cual
dificultaba de tenerlos juntos para hacerles predicación” ( citado por
Herynaldy, Gómez y Ruiz, Carlos,1997:32, 33). Así, la explicación de la
arquitectura biodegradable en esa parte del Cauca tendría aún esa otra razón:
además de ser analógica con los ciclos del entorno natural. El tipo de
poblamiento y la espacialidad territorial de los Paeces (Nasas) sería la
superposición simbólica de un territorio ancestral abierto entre-ríos, colocado
sobre un medio entre-montañas. En cambio, en el valle de Pubén y en el del río
Cauca los pueblos agricultores encontrados por los españoles sí tenían concentraciones
humanas en pequeños poblados. Así, cabe esperarse que la arquitectura
habitacional, entre los Paeces, tienda a tornarse poco permanente. En
investigaciones en la zona encontré casas biodegradables con paredes hechas con
las cañas del maiz[10].
Otro caso en el que se evidencia la
reacción ante el encierro
--cruzado, igualmente, por ese tipo de “construcción
para siempre”—es el de las capillas abiertas mexicanas. Aunque para algunos
autores este tipo de espacialidad tendría sus antecedentes en ejemplos de la
arquitectura hispano-musulmana lo cierto es que la relación entre el espacio encerrado y el espacio abierto no tiene precedentes en
ese tipo de arquitectura y, mucho menos, en la arquitectura religiosa europea.
El caso mexicano es un aporte de América al repertorio de la arquitectura
religiosa. Esa respuesta, en cierta forma, fue una victoria de los rituales
prehispánicos –que también significaron la oposición al “espacio de aprender en
lo oscuro” impuesto por los conquistadores-- sobre el manejo europeo de la
espacialidad arquitectónica de termos y estructurada por “cajas”. Esos “termos”
de grandes paredes de adobe y tapiales funcionan a la maravilla en climas
cálido-secos como los del sur de España y el norte del Africa. Por ello son tan
eficientes en términos de confort biológico en Santa Fé de Antioquia y Lima
pero no en el trópico lluvioso como es Popayán, Pasto o Cali. El calor, la
humedad, los hongos y el encierro terminan imponiendo su ley. Esas “cajas”,
para cuya construcción fueron necesarios cientos de árboles (sólo los cielos
rasos estaban sostenidos sobre grandes “camadas” de madera rolliza), son
entonces espacios de un claro origen africano. En
En el campo caucano
es posible estudiar otro tipo de viviendas, llamadas “casas de servicios”. En
el sur del Cauca y Nariño, tambien llamadas casas “número siete” y “número
cinco”. Estas cobstrucciones son viviendas unifamiliares de planta en forma de
“I” o “L”, la gran mayoría de un sólo piso, copias
reinterpretadas de las antiguas casonas de hacienda. Estas tipologías son efecto del impacto
educativo sobre el cual se ha insistido y reflejan la necesidad de acumular el
capital simbólico impuesto a los pueblos calificados como marginales. El número siete o cinco hace referencia a la
cantidad de “cajas” de que consta la vivienda. Cada servicio es una
“caja” o cuarto. Así, son obras que resultan de varias “cajas” sumadas. En
estas habitaciones campesinas la vida cotidiana termina concentrada, sobre todo
en las regiones más frías, en uno sólo de los espacios, aquel que contiene el
fogón; el resto de “servicios” sirve para señalar que se ha accedido a la
“modernidad”, que se tienen recursos, pero en verdad guarda sólo polvo y
miseria.
Calificar estas construcciones como casas
número “cinco” o “siete” implicaba, además, atender una
referencia tecnológica: Esas tipologías por sumatoria de “cajas” se cubrían con
un determinado número de “pares”. El “par” o la “tijera” (un “par” no es una
cercha), resolvía la estructura de la cubierta. Por ello, antes de construir
una obra, inicialmente se decidía cuántos “pares” tendría. De hecho, muchas
veces se planeaba y contrataba, especificándose el número de “pares” que debían
construirse. Desde el siglo XVI hasta las obras del primer centenario de
Las viviendas de familias de origen africano, también
son ilustrativas en esta discusión de tipo tecnocultural (relación termos/sombrillas). Enriquecen no sólo
la comprensión de la arquitectura habitacional regional, sino que permiten
explorar como juega esta vertiente adicional para densificar la compleja
relación existente entre tecnocultura, espacialidad, materialidad y clima.
Aunque mucho se ha escrito y documentado sobre la trata de esclavos en
Colombia. Sobre el Cauca como sociedad esclavista. Sobre el precio de los
esclavos (según género, edad y procedencia) y sobre las reacciones libertarias,
prácticamente nada se ha tratado sobre la vitalidad
regional de las tradiciones espaciales y arquitectónicas de las poblaciones
de origen africano. En el Norte del Cauca y en el Valle del Patía aún existe
algo de ese invisible y rico patrimonio arquitectónico afro-cultural, el cual
aún no ha sido metódicamente abordado desde la perspectiva que propongo en este
ensayo.
Las construcciónes de las casas y haciendas
señoriales se realizaron con trabajo esclavo. Su tecnología, al llegar al sur
de España del norte de Africa y de ahí a América, se terminó calificando como
de “tapiales”. El “bahareque” se dejó para hacer referencia a una forma “menor”
de construcción de ranchos o bohíos.
Muchos de los esclavos –por su geografía y ecología de origen—al sur del
Sahara sabían construir “termos” en tierra. Debido a que en las obras
señoriales la toma de decisiones constructivas estaba monopolizada por los
hacendados, notables y propietarios de cuadrillas de esclavos, el eco
arquitectónico de esas tradiciones africanas hay que buscarlo por fuera de los
ejemplos de la arquitectura colonial. Esas referencias se encuentran en
viviendas de afro-colombianos en el Patía y en el Norte caucano ( Villarica, San Antonio,
Si para las tribus
indígenas los europeos fueron una huracanada sorpresa, para los africanos
esclavizados no lo fueron en sus geografías. Conocían de autos a los navegantes
portugueses hacía siglos. Así que la esclavitud no sólo trajo desarraigo;
también trajo la memoria tecno-ambiental
de unas viviendas adaptadas a la geografía de sus orígenes: Una vez más, las
viviendas tipo “caja” o “termo”, ahora procedentes de las regiones tribales al sur del Sahara.
Algunas de estas casas (Villarica,
El espacio tipo “termo” (ideal para el
clima cálido-seco), entonces tocó dos
veces esta parte del trópico húmedo que terminó llamándose Gran Cauca.
Mejor, llegó siguiendo dos caminos diferentes: uno caracterizado y escriturado
en las Leyes de Indias y el otro oralizado a través del recuerdo de la
arquitectura habitacional de los herederos de los africanos esclavizados. Esta
segunda vertiente, apoyada en la tecnología local (bahareque) de ranchos y bohíos.
La avalancha de imagenes
“Vea man: ahora lo que importa es la pinta: una pinta bien
áspera y chévere, ¿me entiende?. Fíjese que ese duro que coronó tiene su Harley
bien brillante y bacana. Es que la pinta es lo que domina para figurar y golear
nenas. A usted le figuró: no sea lentejo; póngase las pilas: No sea barro”.
Oído en un semáforo, Cali, 1998
No sea barro; no sea de la tierra; sea pinta; tórnese imagen,
pinta, apariencia de verdad. Esta parece ser la consigna urbana del momento.
Por lo menos, es aevidente que las aspiraciones de los pobladores y pobladoras,
además, ahora son claramente urbanas. Aunque el significado local de la
arquitectura desde la tríada temporalidad-materialidad-recursos constructivos
siguió evolucionando lentamente hasta la década de 1920, la arquitectura en el
Cauca siguió al paso tipológico y tecnológico impuesto en
La llegada del cemento
no sólo potenció al extremo la idea de “casa de material” y de “obra para
siempre” (una idea que el tapial, la piedra y la argamaza habían impuesto, como
se analizó, desde la época de las Leyes de Indias) sino que ayudó a la
irrupción huracanada de la “fachada” como elemento fundamental en la
potenciación de la arquitectura como parte de la acumulación de capital aparente. La valoración de la
arquitectura por su imagen, rapidamente se volvió hegemónica. La imagen se
colocó sobre la espacialidad y el “estilo” o el “gusto” empezaron a controlar
la producción arquitectónica, tanto en el ámbito académico como en de la
arquitectura sin arquitecto. Desde entonces la “fachada”, se ha convertido en
el elemento básico para clasificar la arquitectura, calificar a los estudiantes
de este oficio y determinar el capital o “modo” de sus propietarios. Los
diseños
--tanto en el ámbito profesional (planes y oficinas de
arquitectura, suplementos, revistas, textos y concursos) como en el ámbito de
la arquitectura sin arquitecto (la oralización y reciclaje de ese nuevo
“teco-gusto”)-- terminaron tensionados y
determinados por el poder de lo aparente.
Aunque en
iglesias de Popayán, como la tercera
catedral (del italiano Serafin Barbetti), San Francisco (del español Antonio
García) y San Agustín se adivina la necesidad de dibujos previos para dirigir
la construcción de su apariencia, lo cierto es que el sonido de las campanas, la imaginería y el dorado de los altares
bajo la luz de los cirios de cera de laurel, eran muchísimo más importantes que
el valor visual de la edificación que
los contenían. Aunque la hegemonía arquitectónica de la imagen desde el papel,
es sincrónica en Colombia y en el Cauca con la llegada del cemento
(arquitectura Republicana), hay que precisar que ayudaron a preparar y
fortalecer el terreno los grabados y algunos libros y, sobre todo, las
valoraciones estéticas que acompañaron las obras del Primer Centenario de
El pequeño pero significativo caso del cine
Paz en Santander de Quilichao es un buen ejemplo de lo dicho: Este tipo de
recreación y nueva espacialidad fue posible luego que Rogelio Espinosa montó la
primera planta de generación eléctrica y trajo los primeros proyectores. Fue
cuando, como recuerdan en esa población, “empezó
Don Rogelio a vender luz, a dos centavos el bombillo. Prendía la planta a las
seis de la tarde y cortaba la luz a las nueve de la noche: en ese lapso vendía
cine”. Todo esto necesitó ser ubicado en un espacio señalado por una imagen
que lo distanciara de la arquitectura que hasta ese momento dominaba en la
población. En Quilichao, hubo luz eléctrica primero que en Popayán. Ese para
entonces desarrollo mágico, antes de proyectarse en avisos neón y terminar
metrando el tiempo desde televisores, vitrinas y monitores, iluminó la noche y
obligó a un nuevo entendimiento. Así recuerda la poetisa Matilde Espinosa ese
momento alucinante: “Recuerdo la noche
cuando llegamos a Santander de Quilichao. Eran alrededor de las siete de la
noche. Yo iba con mi hermanito, los dos en un caballo, después de viajar
durante tres dias (desde Popayán). Cuando vi de lejos lo que para mi era un mar
de luces, me maravillé. Tuve la impresión de que el cielo estaba boca abajo,
que se había vaciado en el suelo. Eran los bombillos eléctricos que yo nunca
había visto”. Es claro cómo la teconología altera la forma de conocer y
sentir el espacio y el tiempo. Inclusive es posible encontrar en el Cauca
algunos ejemplos arquitectónicos habitacionales, influídos por las pinturas en
las tapas de algunas cajas policromadas de galletas inglesas, las cuales
terminaron usadas como costureros por nuestras abuelas.
Un ejemplo, como “caso cero” de “fachada de caballete”, para tratar de marcar un
antes y un después en el Cauca, en cuanto a la aparición de la estética
arquitectónica sostenida sobre el eco de tímpanos, columnatas greco-romanas,
molduramientos, capiteles, buñatos, cornisamentos, es decir una variante del
famoso “neo-clásico estilo a la italiana”
(Posteriormente, para nosostros legitimado como Arquitectura Republicana), es la aplicada en
el paramento de la casona donde hoy funciona el Museo Arquidiocesano, frente a
la iglesia de Santo Domingo en Popayán. Se trata de una reconstrucción
posterior al terremoto de 1886, el cual permitió que al reconstruir la
“casa-termo” original, recibiera-superpuestos elementos neo-clásicos (tímpanos
y molduramientos sobre los balcones). Este inicio del fachadismo, puede aventurarse que fue apuntalado con el diseño del
maestro Dueñas para la cuarta catedral de Popayán (1906)). También algunas
obras menores, empujaron para abrir trocha y alcayatar esa novedosa expresión de
modernidad: Es el caso de la imagen “neo-clásica” de los pedestales de las
estatuas para conmemorar el Primer Centenario de
Posteriores
“obras de fachada”, ya bajo la
novedosa tecnología del cemento, demuestran la fuerza imparable de este nuevo
grado de educación simbólica: Teatros municipales, estaciones del ferrocarril,
palacio arzobispal, trilladora Santa Inés, molino Moscopán, alcaldía, casa de
los Ibarra, en Popayán; el cine Paz, en Santander de Quilichao y las muchas
obras de “fachada” desperdigadas por todo el departamento (iglesias y algunas
casas de Santander de Quilichao, Belalcazar, Tunía, Pescador, La Vega, Inzá).Parecería
como si por la magia de esa novedosa tecno-estética, fuese posible expresar,
que ese centro de población, institución, empresa o familia, alcanzaba al fin la modernidad. Ese tipo
de nueva educación urbana sincrónica con la popularización de ese imaginario, décadas
despues marcaría el estrato social y
legitimaría al poblador urbano como una persona contemporánea y sobre todo de
“buen “gusto”[12].
Pero el asunto de aquel gusto neo-clásico, ahora sí pretendidamente definitivo, tal lo
desea y postula siempre toda vanguardia
estética, terminó siendo volatil. Como parte del fenómeno de acumulación de capital simbólico,
permaneció y fue reconocido como tal, sólo mientras era legitimado por la
fugacidad de la moda que lo explicaba y sostenía. De hecho, hoy existe una muy
rápida manipulación y obsolecencia de las imágenes. Podría decirse que estamos
determinados por el poder disolvente del
instante. Por eso ocurre una verdadera lucha entre los poderes que compiten
la manipulación del “gusto” de millones de personas, por controlar la moda y, por tanto, dominar amplios sectores del
mercado.
Gusto y consumo, se habrían torenado términos siameses. Fuerzas
económicas y políticas muy poderosas, las cuales monopolizan los nuevos medios,
están continuamente estableciendo patrones estéticos de gran fugacidad: En los
ámbitos del arte, la arquitectura, los objetos de equipamiento urbano,
institucional, doméstico y aún en la urbanización de los lugares donde se
considera que es posible un “buen vivir”. Esto, en la ciudad Colonial, se
garantizaba simplemente según la distancia
a la cual el poblador vivía de la plaza central. La generación de “comunidad”
(real, imaginada o simplemente manejada como un “publico inmobiliario o social”) y la rehabilitación del paisaje
urbano y la recuperación histórica (real, imaginada o simplemente producida
como maquillaje o parte de un collage) sirven para comprender, según David Harvey (1989: 83, ), la actual
fascinación que producen los programas de embellecimiento, ornamentación y
decoración -- a escala de region, ciudad, sector, obra institucional o
familiar—en tanto códigos y símbolos de distinción politica y social de
coyunturas. En el ámbito arquitectónico, todo esto habría comenzado, entre
nosotros, con las visitas dominicales de asombrados indígenas a las casonas de
los encomenderos.
La fachada
como acumulación de impactos, ahora de creciente sentido tecnosimbólico --¿no fue una proyección muy temprana sobre la
arquitectura de la región del Veneto en Italia, de la composición y temática
de las portadas de los primeros libros
impresos? (El tema se desarrolla en el texto “Fachada e Interlocución” Thomas 2008:311)— se escribía, la fachada como acumulación de impactos, marcó
y marca un límite cada vez menos ecológico y cada vez más socialmente
“opinado”. Si la estética arquitectónica
de fachada que nos llegó con el cemento, es hija de la arquitectura
italiana (estilo republicano, neo-clásico o ecléctico entre nosostros; palladiano
para los italianos; georgiano para
los ingleses; imperio para los
franceses, colonial jeffersoniano
para los norteamericanos), la mano de obra, en nuestro medio, para producirla
fue local. De tal manera, los obreros que construyeron aquellas estaciones,
teatros, trilladoras, palacios nacionales y arzobispales, alcaldías, casas de
gobierno, nuevas “casas quinta”, escucharon
el discurso estético de los ingenieros y arquitectos de entonces, mientras
asistían al manejo y discusión de planos
constructivos y esa interlocución la aprehendieron y aplicaron, en sus
casas ahora de ático, por decirlo de
alguna manera, no de forma plano-visual sino de modo oral, conversado, opinado.
De allí surgieron los miles de espléndidos ejemplos desenfadados, de
arquitectura sin arquitecto, que rodean el antiguo centro urbano de Popayán y
enriquecen las periferias de tántas ciudades colombianas y latinoamericanas.
Miles de ejemplos que, en verdad, es lícito sean entendidos como casos de un neo-clásico oralizado.
Esa imagen popularizada del neo-clásico italiano, reinterpretada y
manipulada de mil maneras (con cerámicas, retales de mármol, aluminio,
concreto, espejos, en algunos casos detrás de acabados reciclados con sobrantes
y prefabricados que circulan en el mercado del rebusque) ha sido subestimada. Tornada
invisible, por la racionalidad profesional y académica[13]. Este hecho se agudizó cuando se
definieron como Centros Históricos las áreas urbanas donde se concentraba el
patrimonio Colonial, negándose el carácter de histórico a toda aquella rica y
variada arquitectura situada por fuera de ese límite. Pero lo cierto es que el
Cauca está lleno de cientos de miles de esos ejemplos de esta especie de neoclásico popular compartido. Esas
casas de ático, repelladas y pintadas de manera muy libre, remedando buñatos y
cornisas, algunas con frentes mínimos y una simetría claramente palladiana, son
la proyección oral de ejemplos de
“fachada” aprehendidos en obra.
Entre tanto, sobre este huracán de imágenes
en cemento (y luego ladrillo, bloques, cerámicas, vidrio) la arquitectura
Colonial y el siguiente coletazo Republicano se tornaron “estilos”[14], olvidandose que esa arquitectura es
entendida como un problema estilístico y estético, hace apenas unos cuarenta o
cincuenta años. Los españoles no sabían que construían en “estilo español”. De
aquí que la obra del arquitecto argentinoJosé Luis Moia (1943), vetada en el ámbito académico,
ofreció un repertorio ad-hoc tanto de
la estética “moderna” como “colonial”. Este libro en sus múltiples ediciones,
tuvo una buena acogida entre ingenieros y maestros. Muchas viviendas del sector
del Morro, el Liceo, el Barrio Modelo y
A partir de la entronización de aquella “estilística”,
la integralidad que debe expresar una obra ambientalmente diseñada, se fue
reduciendo a la importancia de la ubicación del lote y a la apariencia de unas
superficies excelentemente manejadas como composiciones pictóricas y escultóricos
juegos volumétricos. Muchas de ellas, hasta hace muy poco, abonadas por la
nostalgia de lo Neo-clásico (Posmodernismo). Entre tanto, la exploración
espacial y ambiental se ha quedado en gavetas o tinteros de algunos investigadores
y en lucha por reivindicar una expresión ambientalmente correcta, desde
emblemáticas obras de importantes arquitectos diseñadores.
En estas
condiciones lo visual, posteriormente
sumado a lo estético-funcional, se ha ido imponiendo sobre lo ambiental, mientras la obra, cada vez nás, se aislaba y separaba del
entorno. En el ámbito académico, la función tornada estética (mecánica de planta), se ha impuesto sobre aquella deseada
integralidad que, paradojicamente, se encuentraba (como relación ambiental entre habitación-tecnocultura-territorio), en la
época Precolombina. De hecho nuestros académicos Talleres Ambientales, si aparecen en el curriculo, en
la mayoría de los casos son electivos.
Quizás por ello, en muchas de las glosas a las selecciones premiadas en los
Anuarios de Arquitectura, prima la descripción sobre la explicación y en la
mayoría de los casos el funcionalismo y el fachadismo picto-escultórico, olvida
la expresión ambiental-espacial.
Desde aquella la maloca-sombrilla, que
Cieza de León describió mientras cruzaba la provincia de Arma, a las últimas
“cajas-escultóricas” de concreto, metal y vidrio, la arquitectura se ha ido
acercando, cada vez más, a la violenta lógica de consumo impuesta por el
mercado y la etiqueta. Se diría que la necesidad de integralidad, ha sido
devorada por la apariencia, ahora mass-potenciada y en-red-dada, con carácter
de espectáculo, en tanto escenografía urbana.. Algunos obras recientes en
Popayán (Lotería del Cauca, interior de la Nueva Gobernación) lanzaron la
estética de la arquitectura local, hacia la novedad de la superficie de vidrios
y espejos. Se olvidó que el sol canicular que nos acompaña todo el año, el
reflejo sobre el espacio público y vecino, agudiza el efecto invernadero. Estas
obras nos llegaron, si se atiende como un hito temporal los proyectos de
rascacielos en vidrio de Mies (1920s), con más de medio siglo de retraso.
La reacción por escapar a esa estética
“fría” e ”industrial” impuesta por la eficacia de la razón instrumental, hoy se
encarna en muchas obras de autor. Demasiadas se refugian en otro tipo de
nostalgia que entendemos como posmodernismo
(una re-aceptación, esta vez académica, de la estética neo-clásica, a nombre de
la reivindicación de la Memoria) y posteriormente en el deconstructivismo (un discurso prestado a la literatura), el minimalismo (culto a la pureza, a
travgés de una especie de memoria sin memoria, olvidándose que la persona no
sólo acumula capital sino también símbolos), Todo en espera de la continuación
de esa cascada acrítica de “ismos”. Este fenómeno, de alguna manera, plantea una especie de contrapunto con obras en
ancas de la opacidad del bloque de cemento y del ladrillo. En el fondo, desde
la segunda modernidad Republicana, muy poco habría cambiado. Todos esos
repertorios son variaciones formales, formuladas con diferentes tecnologías y
medios materiales. Modulaciones más o menos afortunadas, de la composición geométrico-pictorica,
estructurada a partir de los planos promocionales que Palladio decantó y editó
en el siglo XVI, cuando dominó debido a su carisma y técnica, la práctica
arquitectónica en el Veneto. De aquí que los cuatro libros de Palladio, no sean
textos teóricos (como lo son los de Vitruvio y Albaerti), sino el caso cero promocional, editado por un
diseñador-constructor reconocido.
Por un lado, entonces, existe un discurso profesional
y académico lleno de separatas, Anuarios, concursos y revistas, saturado de
negaciones, silencios y vacíos (el ser humano, por ejemplo, desaparece de las
fotos de las excelentes publicaciones arquitectónicas). Esta vertiente se
sostiene sobre conceptos como “limpieza”, “simetría”, “pureza”, “netedad
volumétrica”, “unidad de lenguaje”, “simplicidad”. Desde esta estética planar y
en muchos casos manierista se maneja el mercado de casas, el de condominios de
“estilo” y la demanda de la nueva
arquitectura institucional y de servicios. Este discurso coexiste con un discurso nostálgico: Aquí la palabra “estilo” se
usa, malusa, reusa, cargada de buenas intenciones. Un tercer discurso se
sostiene en la oralización de los anteriores repertorios, apoyado por algunas
cámaras fotográficas manejadas por maestros, oficiales y obreros de la
construcción: esta es una especie de narración libre que sostiene la producción
de una arquitectura barrial (95% de las obras de nuestros nucleos urbanos
corresponden a estas oralizaciones sin arquitecto). Realizada como un juego
libre de formas, materiales y colores (en la mayoría de las veces construida
comunitariamente). Esta arquitectura, resume, verbaliza y populariza esa
“elegancia”, esa “simetría”, esa
“limpieza”, ese “gusto”. Su libertad
expresiva se explica por tratarse de versiones más orales que letradas, de las
obras en las cuales esos maestros y oficiales fueron los operarios. Por eso la
apariencia de esta estética sin arquitecto evoluciona libremente como si fuera
parte de un cuento que se altera entre más es contado.
La anterior interpretación en cuanto a la circulación
de significantes, también es aplicable (pero en el terreno más rígido de lo
geométrico-formal) a la arquitectura académica y profesional sostenida sobre el
estatismo visual de planos que se copian y repiten (ahora con el recurso del copy-paste), sobre todo de revistas y
páginas web editadas en Estados Unidos y Europa. Puede decirse que estas
ediciones se manejan todavía como se manejaba el “canon textado” en los
antiguos Seminarios católicos.
Un cuarto discurso,
remata todos los anteriores: se trata del sentir de los jóvenes y las jóvenes
sobre la estética, la arquitectura y la ciudad. Ahora la atención en cuanto a
la hegemonía e importancia de la imágen
ya no resulta determinada desde la arquitectura, sino desde el “product design”: motos, vehículos,
zapatillas, ropa, abalorios, equipamientos, equipos de sonido, gafas, objetos
electrónicos, cabelleras, tatuajes, todo legitimándose como cascadas de signos,
desde monitores, pantallas y vitrinas. Quien esté libre de pantallas, que tire
el primer ratón.
En una investigación que realicé, desde la
comunicación, sobre el significado y evolución de ese paramento que llamamos fachada, encontré que la imagen
dominante como “paramento urbano” para los públicos más jóvenes, ya no se
genera en la arquitectura sino en el neón de los avisos; la “bacanidad” de la
“pinta” y los gestos; el brillo de las motos “chimbísimas”; los vidrios curvos
con formas de mujer; lo “áspero”, lo “original” o “chivis” y las muchas otras
mercancias (tactiles, visuales, acústicas) que desde el consumismo definen la
modernidad del espacio, el cuerpo y el gesto.
Si los objetos notables antes estaban
encerrados y confinados en las casas señoriales y estos se concentraban en las
salas y se “abrían” en las visitas dominicales a los encomendados, ahora están
regados por el espacio cultural, circulando por redes inmateriales de mass-información,
lo cual estructura el perfil de una
novísima politica basada en una especie de tempo-cultura. Dicho de otro modo,
en esta cuarta vertiente el espacio geométrico parece subvertido por un espacio
cultural determinado por lo efímero, es decir, por el imperio del tiempo
mass-mediado. Esta opinión de un joven de
14 años es sugerente en este sentido; mirando un “album” de fotos-caso, base de
aquella investigación comentada, dijo: “¿Qué mire esas fotos? A mi no me dicen
nada. Nunca he pensado en eso de fachadas ... De cosas que uno ve y oye me
traman las propagandas de la tele. ¿Por qué lo pillan a uno?; ¿qué es lo que tienen? Yo creo que son hechas por
especialistas en agarrarlo a uno. A mi estas fotos no me dicen nada”. O este
otro comentario de un ayudante de construcción de 21 años: “Fachadas no tienen
sólo las casas. Hay fachadas de carros. Hay fachadas de gente. Hay pinta ... El
carro [con sus vidrios curvos] es como una mujer, puede estar bien engalladito, bien hermoso, bien con sus líneas. ¿Me
entiende? La gente puede mostrar una fachada de ladrón o no de ladrón. Las de
las casas sólo sirven para mostrar si son modernas”.
Si la arquitectura precolombina como sistema
estructural debe ser inscrita en un sistema
tridimensional tipo “canasto” (la
malla de varas y vigas), la arquitectura de “aprender en los oscuro”, aquella
“construída para siempre” y para “poblar de asiento”, debe inscribirse en el sistema plano bidimensional de “masas” y
pares. Entonces, aquello que meta-comunica lo arquitectónico, es un complejo
fenómeno sobre el que juegan: (a) la arquitectura de “material” versus la
posibilidad de una arquitectura habitacional menos mineral; (b) la espacialidad
dominada por la imagen versus el manejo integral del espacio habitable; (c) la
interioridad versus la exterioridad; (d) la arquitectura de lo cálido-seco
(“termos”) versus la arquitectura de lo cálido- húmedo (“sombrillas”); (e) la
hegemonía de la “fachada pictórica o de caballete” versus el diseño de un
paramento para el trópico húmedo (donde el 50% de la radiación solar cae por
encima), es decir, la fachada entendida más como “membrana” (prolongación de la
cobertura) que como una etiqueta plana. Todos estos elementos están hoy
cruzados por la violenta manipulación del espacio
desde el tiempo.
Se induciría que es posible, individualmente, ser moderno si se accede como consumidor
disciplinado y acrítico al mercado de signos-objetos (Quinta modernidad, fenómeno
que obviamente toca la sostenibilidad de las culturas, el sentido del espacio
construido, la arquitectura y hasta la conformación coyuntural y política de la
ciudad-región). Modernidad posible, se
sugiere, si pasivamente se acepta que es neutro y posible manipular ad libitum cualquier
signo, si el proceso da tranquilidad y placer al consumidor. Estaríamos
ante una especie de profetismo de perfil materialista. Aceptar esta condición,
además, sería prerrequisito para participar en la estructuración y control de
una apariencia supuestamente personalizable (camisas, tatuajes,
zapatillas, objetos de marca, espacios, apariencia de lo construido). Parecería
a través de esta vertiente, que se espera, política y económicamente, llenar el
vacío creciente de indignación
desesperanzada que aflora con fuerza en amplios y “desarrollados” sectores
del planeta.
En verdad, este remolino signico, genera un anestesiante
sentido de aparente libertad. Lo
cierto es que permanece invisible el ocultamiento que esa trama-violenta-de-signos
produce, sobre todo, en cuanto a respetar y valorar probadas experiencias
ancestrales, relativas a la ecología, el tejido social, lo tecnocultural, la
salud, la habitabilidad. Como efecto dela
fuerza de este remolino, empieza a entenderse que la sostenibilidad de la felicidad
(local-planetaria), depende de una concepción de progreso y desarrollo que
respete la dignidad de la persona humana.
Es decir, que la búsqueda, desde el diseño y para la arquitectura, de aquelladeseadada
integralidad y completez (a través de una propuesta ambiental o integrativa) sólo parece posible cuando la violencia se transforme en bio-lencia y la “otro” sea reconocido
como un “legitimo otro”. Máxime cuando hoy, es a través de una creciente tensión
simbólica, se impone la indeterminación de un espacio cultural sostenido sobre la fugacidad. Es decir cuando este
tipo de estructuración de sentido, es producido a través de un mass-estímulo
mítico, adjudicado al poder mágico del signo (signos programados sin el reposo necesario para que alcancen la densidad
de símbolos). Este tipo de idolatría a la finitud, se mercadea, compra, rápidamente se desecha y olvida. Desde las
industrias culturales, entonces, se impone una estética del espectáculo y la fugacidad que genera, socialmente,
una fuerte confusión. Tanto, en lo relativo a la arquitectura, en sus versiones
populares, como en el discurso, currículo, docencia y estimulo de un cierto
tipo formal de diseño, dentro de los ámbitos académicos. Guste o no, desde ahí se
maneja y clona aquella estética relativista. Lícitamente podría decirse que
ante la obra del colega, como competidor vale inclusive la exclusión. Complejo y urgente problema teórico relativo
a la formación académica del actual diseñador arquitectónico.
El flujo que se ha pretendido mostrar en
este ensayo, desde las estructuras de tierra, varas y hojas de los antepasados
indígenas a las de “material” (de lo biodegradable a lo permanente), no llevó a
la arquitectura de la vivienda, luego de un viaje de varios siglos y mucha
sangre, a la añorada idea de convertirse en un patrimonio estable y permanente como lo buscara Carlos V. A pesar
de que con la tecnología del concreto armado y la aparición de los materiales
más sofisticados, pareció haberse cumplido la utopía de ese “construir para
siempre”, aquella imposible estabilidad estatuaria que se prendió a las
estaciones del ferrocarril y a nuestra primera arquitectura industrial y
habitacional con arquitecto, terminó “derrotada”
por la fugacidad de objetos y significantes de muy corta memoria. Como se ha
argumentado, expresión de una permanente erosión cultural que ha producido la
negación de la historia, al no necesitar el aleron estabilizador de una
determinada tradición. No es extraño, entonces, que aparezca la arquitectura
como parte del ámbito en el cual se cocina la nostalgia y se manufacturan
revividas “antiguedades” o “modernidades” (etiquetadas con su correspondiente
“estilo”). todo sincrónico a la
producción de objetos-signos de rápido consumo. Se diría que manipular la
fugacidad, es la principal industria del momento.
El impulso nostálgico que vuelve todo
“estilo”, funciona como endeble timón estabilizador en este estado de alta
indeterminación. Por eso el repertorio de gustos “culturales” que nuestros
padres y abuelos pretendieron dejarnos como herencia, se ha transformado en un
salpicón internacionalizado más impactante (quizás por lo fugaz, inestable y
alucinante) que la producción para todo lugar y cultura que pretendió
“internacionalizar” el Movimiento Moderno como arquitectura “pura” y
“funcional” (Durante la tercera modernidad impuesta desde la Bauhaus, cuando se
planteó el borrón y cuenta nueva y de
hecho la industrializacion del olvido).
Si reviviésemos el momento en el que Carlos V dictó a
su amanuense las estratégicas cédulas en la cuales legisló por una arquitectura
habitacional para siempre. Si fuese posible participar de nuevo en las
reuniones en las que los ideólogos del Movimiento Moderno (Bauhaus, CIAM-Para
nosotros el tercer embate modernizador), soñaron con ese imaginario
arquitectónico publicitado como “estilo internacional” que imponía una especie
de Génesis cimentado sobre la relñación arte-industris, sentiríamos que hoy la
arquitectura habitacional se ha diluído en una cascada de signos (sin la
necesaria estabilidad para convertirse en sígnificantes), cascada salida de
CDs, videos, películas, programas de televisión, etiquetas, vitrinas, modas,
dietas, spas, revistas, Congresos, cuerpos tatuados, en fin, de miles de
objetos que imponen una muy particular manera de sentir el espacio transmutado
en des-tiempos, con lo cual se manifestaría
una especie de eternidad de lo fugaz. Dentro de esta violenta disyuntiva
(eternidad o fugacidad), es licito preguntar: ¿ Qué es realmente humano, dentro
de este fluir casi epiléptico?. De hecho, la arquitectura se manejaría en las
publicaciones especializadas, como si fuese otra decoración pasajera. Ahora más
espectacular y rodeada como nunca de
la idea de que lo “nuevo”, lo “inestable” se ha tornado lo eterno.
Hemos sido alucinados por un nuevo tipo de
inmortalidad: La aparente inmortalidad de lo joven, lo distinto y lo novedoso.
Este nuevo mito de eternidad aparente,
se construye desde lo desechable como
concepto sobrecargado de una especie de sentido sin sentido, soportado desde la
lógica de sondeos, catálogos, telenovelas y propagandas (una novedad fugaz por
el cambio de un color, el diseño de un vistoso empaque, una moda, un tipo de
seno, pompis made-in-flash, gafas o zapatilla, una cierta manera de hablar o la
aparición de la sobre-simplificación de efrímeras consignas). El consumo, al
cual le viene de perlas estimular este estado mental, se encarga de ocultarnos
que esa “inmortalidad” se estructura sobre el triunfo del consumismo, el cual
se vendría de narices si fuésemos concientes de lo poco que necesitamos para vivir
y ser felices. Ya empieza a entenderse, que del dinero para consumir no nace la
felicidad. Que es de la felicidad de donde nace la felicidad y la posibilidad
del pan nuestro de cada día. Esto tendrá un impacto economico, politico y
arquitectónico formidable, que parecería no importar ni en lo educativo, ni en
lo político.
Aunque los medios se encargan de fortalecer
cada día y a cada instante esa falsa idea de “eternidad”, lo que en verdad se
fortalece es un individualismo posesivo
(El “prohibido prohibir” de Paris 68)
que conduce a un tipo de sociedad de individuos fragmentados, con muy poco
espíritu comunitario y solidaridad tanto, con sus semejantes (son rivales a
vencer) como con la naturaleza (son recursos a sobre-explotar y al mismo tiempo
sub-utilizar). De aquí que la estética
arquitectónica, en demasiados casos, se maneje como si fuese uno más de
esos objetos, otro de esos efectos casi esquizofrénicos, novedosos, pasajeros e
impactantes. Buen ejemplo de ello en el ámbito arquitectónico, son algunas
obras hoy llamadas—gracias a un término prestado a la literatura—deconstructivistas. Estas son manejadas
y entendidas como si fueran análogas a esos textos disparatado- no-lineales (
“fuzi logic”), con sus partes desalineadas a propósito y donde se niega
a-priori la posibilidad de alcanzar el más mínimo sentido de unidad. Todo, se
diría, es chupado por el sentido de espectáculo.
Puesto que el cambio es inevitable (de hecho, nuestro
espacio habitable se construye mientras se destruye) hay que investigar cómo
trabajar un enfoque integral, previo al diseño, en el que no se niege o excluya
la fuerza de los miles de ejemplos de nuestra heteróclita arquitectura sin
arquitecto y se pueda entender, incluir y manejar el ritmo de alteración del valor
contemporáneo de “objeto”, “casa” y “habitar”. Como muchos lo señalan y entre
ellos Bachelard (1986), gguste o no, para el ser humano el espacio más
significativo sigue siendo el hogar: Uno de los focos de integración más
poderosos de tecnologías, pensamientos, memorias y sobre todo acumulación de
sueños. Hoy en día el reto para el diseñador, sería tratar de manejar simultáneamente las complejas
relaciones que tensionan el espacio habitable, sobre el fenómeno que impone la
relación entre innovación y decadencia. Aquí se cruzan las tensiones
entre diseño, identidad, modernidad, tecnología y naturaleza, sin olvidar que
hoy lo natural (y, por extensión lo ambiental) son construcciones sociales que superan lo meramente biológico. La
búsqueda de este nuevo saber sintético, requiere un proceso similar al que se
plantea como reto para gestionar el llamado “desarrollo sustentable a escala
humana”.
La idea de un discurso “universal” para el
espacio habitable independiente de la vida del día-a-día y de situaciones
históricas, tecnoculturales y ambientales concretas ya es, afortunadamente,
insostenible. Nuestra arquitectura y nuestro urbanismo están en deuda (humana,
ecológica y ambiental), al seguir presioneros de la hegemonía del “plano”, de
la lógica bidimensional y de la tiranía de lo impactante y lo efímero. Dentro
del contexto de prácticas y ámbitos culturales específicos, el espacio es más
que geometría o una imagen más de caballete. Como prolongación de la busqueda
de identidad (espacio cultural) el
diseño y producción de habitabilidad a diferentes escalas, permitiría
evidenciar y definir invisibles relaciones entre micro-climas, espacios
singulares, materiales, tecnologías, personas, actividades, cosas y conceptos.
Modernización significa, después de todo, la permenante alteración de ritmos
espaciales y temporales que hay que saber entender y manejar, conciliando lo Libre con lo Planeado y Totalizado,
como propuso Teilhard de Chardin (1974).
Si en varias circunstancias, sobre todo en
la arquitectura e ingeniería religiosa, pero también en las obras civiles (e.j.,
Morro de Tulcán en Popayán e hipogeos en Tierradentro; casas de hacienda e
iglesias; puentes y acueductos), se trató de materializar espacial y
temporalmente lo soñado o mitificado, aquello que algunos llaman el “mito
realizado”, la dificultad actual para alcanzar esa meta es que, dentro de los
parámetros fundamentalmente materialistas que nos determinan, domina la
fragmentación y lo efímero, mientras se priorisan como universales la
monetización desregulada de la vida, el despilfarro de recursos, culturas y
energía, el mercado de objetos (la mayoría no necesariamente útiles) y la volatil
y nerviosa circulación de capitales. ¿Cómo lograr en estas condiciones un
sentido estable, una identidad que no desaparezca con la moda de turno, un
objeto de memoria suficientemente larga para referenciar a las personas,
familias y grupos que son la razón funcional y vital del espacio habitable? La
actual crisis ambiental, ayudaría a empezar a responder esa pregunta. No sólo
por la deuda humana, ambiental y ecológica que arrastran nuestros diseños, sino
porque el entendimiento del diseño como
parte del problema ambiental (calidad
ambiental de lo diseñado) sería la meta y el humanizante punto de acumulación
de largo plazo, que permitiría liberar a la arquitectura y a sus productores de
la efemeridad, de la moda, de la aparente tranquilidad de inestables efectos
visuales y de la fugacidad de los llamados estilos.
La
deseada integralidad que debería tener lo arquitectónico[15], ha terminado reducida a la epidermis de
unas superficies manejadas como composiciones pictóricas o, cuando mucho,
escultóricas. Muchas de ellas armadas con prestamos hechos a la literatura.
Además, lo virtual es hoy el terreno de juego. Por eso es urgente que los
planes de arquitectura exploren y construyan un nuevo sentir para escapar de
este remolino, sentir que lícitamente habría que llamar diseño ambiental o
integrativo. Mientras esto se consolida, lo fugaz impone el ritmo. Así lo
entendieron los insectos devoradores de madera y quienes no olvidaron que
nuestra tierra es “tierra brava”, es decir, que nos toca vivir entre comejenes,
sismos, violencias y catástrofes.
Para enfrentar tormentas, rayos, comejenes y
terremotos desde el pedestal de la cruz de Belén en Popayán (así desde ese hito
no se haya contemplado cómo enfrentar el poder de la actual cascada de imágenes
que satura e impacta el espacio habitable y la cultura debido a la
Virtualización de lo Verdad), se propone un orden preciso de oraciones. Habría
que tratar de explorar otro sistema complejo de reflexiones para tratar de
garantizar que no sea total la ruina de lo pensado y luego construido. ¿Qué
tipo de invocación podría ayudarnos a enfrentar la realidad virtual y la
manipulación de imágenes que estimulamos como profesores y profesionales y que
hace crecer la deuda tecnológica, humana, ecológica y ambiental que arrastra
entre nosotros el diseño del espacio habitable? El diseño implica un compromiso
de creación y sentido común por ahora deficitarios. La respuesta quizás tenga
que ser, en mucho, teológica, al
tocar problemas cruciales de una creatividad responsable.¿Qué norte profesional
adoptar? Este problema fue abordado en 1962 por el profesor Heladio Muñoz
(Facultad de Arquitectura de
El regreso a un paraíso agrario es imposible: Sería
hora de superar la idea de la infalibilidad de la naturaleza. Jugar todos los
restos a una utopía tecnológica, donde aparatos y sistemas sofisticados lo
resuelvan todo, es un profetismo plagado de costos y espejismos que muy pocos
podrían asumir: equivaldría a construir un deshumanizado neo-paganismo
materialista.
Como debe haber
pensado mil veces Simón Rodríguez, mientras hacía velas en Túquerres (donde
vivió algunos de los últimos seis años de su vida, mientras hablaba francés con
un químico de Marsella llegado a esos páramos a explotar la quina y cuando,
mientras tomaba canelazos con el europeo, reiteraba a cuantos se le atravesaban,
que si no había podido iluminar las
mentes de los latinoamericanos, por lo menos iluminaría sus casas), se
escribía que Simón Rodriguez, además, debe haber contrastado y cruzado ideas
sobre una realidad educativa integral, incluyente y luminosa. El reto que desde
entonces se plantea hoy al diseñador arquitectónico, para tejer en una trama
comprensible tánto hilo suelto -- cuando el afan por un diseño más integrativo
o ambiental está a la orden del día, el repertorio de materiales se publicita
como una paleta casi indefinida, la reivindicación política de la memoria se
transforma en bandera de vanguardia y el virtuosismo en cuanto al diseño y
producción de la imagen alcanzado sofisticación tan notable y edición tan
amplia—se debe terminar apuntando que el reto que se nos plantea a docentes y
profesionales, se resumiría en una de las síntesis más comprometedoras de
Rodriguez:“ Inventamos o erramos”.
**************************************************************
(1)
Profesor
Universidad del Valle
Departamento
de Diseño - Director Sección del Ambiente
Facultad de Arquitectura
Referencias
(Texto
revisado en Septiembre/2010)
Anónimo
1941 Chilam-Balam. UNAM, México.
Aprile-Gniset, Jacques
1976 Algunas anotaciones
sobre el pueblo de
1977
Bachelard, Gaston
La
poética del espacio, Brevarios Fondo de Cultura Económica, México 1986
Cervantes, Miguel de
El
celoso extremeño. En Novelas
Ejemplares, tomo II, pp 25-61. Juventud, Barcelona .
Cieza de León, Pedro
1972 Crónica del Perú· Aguilar, Buenos
Aires
Cobo, Bernabé
1972
En Crónicas de Indias, editado por
Alianza Editorial S.A, pp
Chaves, Alvaro y Puerta, Mauricio
1988 Vivienda Precolombina e Indígena Actual en Tierradentro. Banco de
de Chardin, Teilhard
1974 El
Fenómeno Humano. Taurus, Madrid.
Encinas, Daniel (Compilador)
1946 Cedulario Indiano. Aguilar, Madrid.
Fernández de Oviedo, Gonzalo
1972 En Crónicas de Indias, Ibid., pp
Gumilla, Joseph
1741 Historia natural civil y geográfica de las
naciones situadas en las riveras del río Orinoco, Tomo II. Carlos Gilbert y Tuto,
Harvey,
David
1989 The Condition of Postmodernity.
Basil Blackwell,
Moia,
José Luis
1943 Planos Completos de 50 Viviendas. Windsor, Buenos Aires.
Rodriguez, Manuel
1997 en Los Paeces:
Gente Territorio, Gómez Herinaldy y Ruiz, Carlos Ariel, Editorial
Universidad del Cauca, Popayán
Thomas Mosquera, Alvaro
2008 Fachada e Interlocución, Editorial Universidad del Valle, Artes Gráficas del Valle Ltda., Cali
[1] Facultad de Arquitectura, Universidad
del Valle.
[2] Vale la pena recordar, tangencialmente,
que los banqueros Fugger apoyaron económicamente la elección de Carlos V con la
condición de que les otorgase la exclusividad de la comercialización del “palo santo”, un arbusto tropical que se
creía poderoso específico contra la sífilis que asolaba Europa.
[3] No se ha trabajado suficientemente la
relación entre “espacio oral” y “espacialidad letrada” para explorar el
significado de la arquitectura como arma de dominación y colonización. De
hecho, las explicaciones dominantes están basadas en un materialismo histórico
construído, fundamentalmente, sobre lo lineal y por tanto sobre lo dual. De
hecho, muchas veces se sugiere que lo local-tribal era un paraíso agrario, un
ámbito sin tensiones, una Arcadia feliz, y que el orden impuesto por la
conquista fue un completo error histórico. Este tipo de tonalidad claramente
roussoniana ( “el salvaje feliz” o “el
salvaje terrible ) aún sigue activa e
impede entender lo que está oculto más allá de la dominación física, económica
y simbólica de territorios y pueblos.
[4] Basta mirar los hipogéos de dos y tres
pilares en Tierradentro, donde se expresa la estructura de madera de la casa
tradicional y su claro carácter de vivienda biodegradable para los vivos.
Cuando se vuelve vivienda para los muertos cambiaba su temporalidad y se volvía
permanente, como las lomas de arenisca en las que fueron excavadas las tumbas.
[5] Celestino Cantero, médico tradicional de
la vereda Cacique, quien había vivido también entre los paeces.
[6] Este fenómeno fue típico durante las fiebres del oro en California y Australia
(1860s). Entonces se impuso una arquitectura de coyuntura de madera. Lo mismo
sucedió en la zona minera de río Cauca (San Francisco y Asnazú, en el eje
Timba-Suárez). En esa explotación se produjo la primera arquitectura
prefabricada en la historia del Cauca, pero no con concreto y metal, como
enseña el discurso moderno en arquitectura, sino con madera. Partes de las
viviendas de los administradores extranjeros de esa explotación en Asnazú
fueron traídas en “kits” desde Norteamérica y Canadá en la década de 1940.
[7] Joseph Gumilla (??:229) escribió que
para cortar un árbol usando hachas de piedra se necesitaban dos lunas, es
decir, dos meses, y sólo un día usando hachas de hierro. Hoy con una motosierra el trabajo se
puede hacer en media hora. Por otra parte,
para darle perspectiva a la relación entre recursos necesarios (madera, piedra,
tejas, mano de obra), espacialidad producida y cantidad de usuarios debe
pensarse que a finales del siglo XVI los 22 vecinos de Arma eran encomenderos
de 17.000 personas; de los 30 españoles de Anserma 18 eran encomenderos de
5.000 indígenas. Cieza de León (1972:75) escribió que al occidente de Cali (lo
que hoy es Pavas, Restrepo y Darién) “hay muchos pueblos poblados de indios
[sujetos a los 23 vecinos de la ciudad], gente simple, sin malicia”. El capitán
Agüero era encomendero de 10.000 personas.
[8] El aro superior de las construcciones de
este tipo era, muy probablemente, un lucernario por el que salía humo y entraba
algo de claridad.
[9] Así se transformó la costa norte del
Mediterráneo en un paisaje de rocas desnudas. En el Mio Cid, antes del viaje de
Colón, se dice que un mono podía viajar por las ramas de los árboles, sin tocar
suelo, desde los Pirineos hasta Gibraltar.
[10] Este fenómeno no sólo se produce porque existan fuertes
tensiones sociales. La arquitectura “efímera” que se encuentra hoy en muchas
zonas de la costa caucana del Pacífico se puede explicar por la extraordinaria,
y a veces catastrófica, variabilidad del entorno (cultural, social, tectónico,
hidrológico). Puesto que la planificación territorial se sostiene sobre la
estabilidad, no sobre la variabilidad, se producen fallas y grandes
desperdicios cuando se quiere imponer, desde una oficina en la ciudad, una estabilidad
total a un entorno variable. De hecho, ¿nuestras
ciudades no se construyen mientras se destruyen, aún en las áreas de vivienda
de “interés social”?
[11] En esos pedestales y mausoleos se usó
por vez primera el cemento en el Cauca, material que venía de Dinamarca en
barrilitos de madera como se transportaba el
ron.
[12] Esta arquitectura puede ser entendida,
igualmente, como un neobarroco oralizado; de ahí su libertad de formas y
colores. Este es un patrimonio cultural todavía invisible que, por ahora, se
maneja bajo el eufemismo de “kish” o de “mal gusto”. Este intento de
“liberación” frente a la tiranía del plano ya se había sentido en la iglesia de
San José en Popayán. Este fenómeno servió para apoyar la posibilidad de que el
barroco y la polifonía en Europa fueran el efecto del impacto oral de América
sobre aquellas culturas letradas.
[13] Sin embargo, las arquitecturas actuales con firma profesional pueden entenderse como
simples variaciones visuales del tipo italianizante de “fachada de caballete”
que se promocionó y gestionó a partir de la llegada a este lado del Atlántico
del “buen gusto” a lomo de cemento.
[14] Buenos
ejemplos de “estilo colonial” en Popayán son
[15]
Ffirmitas
lo llamaba Alberti hace casi cinco siglos; en esa época se señaló que las
consideraciones estéticas (venustas)
no debían alterar esa necesaria integralidad.
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