viernes, 13 de marzo de 2026

LA ARQUITECTURA EN EL CAUCA: DEL BARRO A LO VIRTUAL

"LA ARQUITECTURA DEL CAUCA: Del barro a lo virtual", publicado en el Tomo II de "HISTORIA, GEOGRAFIA y CULTURA del CAUCA: Territorios Posibles" (Editorial Universidad del Cauca, Feriva 2001. No incluye las fotos de la publicación). El Cauca (entonces el Gran Cauca) correspondía a todo el occidente colombiano que limita con el oceáno Pacifico. Encerraba las minas de oro de aluvión de todo el occoidente nacional (con capital en Popayán) con una gran prolongación hacia la selva Amazonica (Quien quita que por allá, por fin, se descubriera EL DORADO). Cuando a finales del s. XVIII y principios del XIX se agotaron esas minas, fue desmembrado en 5 Departamentos.

In memorian
Edmundo Mosquera
Pedro Supelano Sanchez
Silvio Yepes Agredo

                                  

 Podría pensarse que la racionalidad geométrica y por tanto visual desde la cual basicamente se sostiene el discurso profesional sobre la identidad y apariencia del espacio habitable, hoy es suficiente para explicar nuestra arquitectura a partir de la Colonia. Sin embargo, ese tipo de discurso describe más que explica, toca la superficie. Las apariencias.  Los fenómenos epidérmicos, en vez de urgar las causas más profundas. Además, lo arquitectónico no sólo se refiere a un espacio visual expresado y proyectado en y desde dibujos, planchas, planos o textos, sino a un ámbito espacial-vital compleja y permanentemente re-significado por la vida. Además, la forma de valoración actual de nuestro patrimonio Colonial, torna invisible el precio de sangre y sobre-explotación humana, ecológica y cultural que se necesitó para producir tan valioso legado, ademas que torna invisible un patrimonio espacial indigena y de afro-decendientes. Patrimonio en espera de ser valorado.

 

De entrada es necesario preguntar cómo juega hoy en el proceso de consolidación del patrimonio y el espacio habitable, la razón de los especialistas (planificadores, ingenieros, arquitectos, urbanistas, agentes de turismo) cuando esta razón debe enfrentarse a la dependencia, la tecnología, la identidad, la modernidad, la posmodernidad y de ahí en adelante frente a tantos “ismos” que se van acumulando. No sería mala idea indagar si esos especialistas hoy pueden esgrimir lugar privilegiado para comprender, desde su perspectiva disciplinar,  toda expresión urbana y arquitectónica. Existen otros determinantes, más allá de lo académico, lo profesional y los intereses del mercado del espacio y el paisaje, para garantizar una comprensión más completa y compleja del tema. Esas otras razones, por lo general, no se tienen en cuenta en el ámbito profesional cuando se trata de entender globalmente nuestros cimientos arquitectónicos y, por lo tanto, escapan a esa puntual lógica especializada.

 

Quienes ejercemos, desde certificados y diplomas,  el oficio de la planificación, la arquitectura y el urbanismo seguimos apostando a la exclusión y a la explicación por la descripción. Así, desde una estética “mayor”, considerada una racionalidad infalible, se bloquea la validez de otras estéticas consideradas “menores”, simplemente “mal gusto” o apriorismo sin valor. En otras palabras, hoy es insuficiente la hegemonía plano-letrada que hasta ahora ha monopolizado las explicaciones arquitectónicas enseñadas y editadas; la lógica que ha comprimido el patrimonio arquitectónico básicamente sobre lo Colonial; la primacía pictórica que ha terminado imponiendo la dictadura del “plano” y la “fachada” sobre la espacialidad, desde donde se define la estética y el estrato social del usuario; en fin, tambien la tiranía desestructurante de los “estilos”. Todos aquellos aspectos, se deben contrastar con el fenómeno contemporáneo de la manipulación de las imagenes y así tratar de entender más plenamente, aquello que hoy se llama espacio cultural habitable: ese determinado e indeterminado ámbito que contiene el pasado, las utopias y el abanico de esperanzas diarias que la monetización de la vida y las culturas permanentemente tensiona, diversifica, acompleja, recicla y transforma.

 

Hoy en día, tienen más sentido como tiempo cultural de convocatoria un programa de televisión; una singular manera de tatuarse, hablar o gesticular; unos CDs premiados con oro o platino; la validez de una marca o simplemente una moda que los espacios e hitos arquitectónicos tradicionales ( atrios, plazas, haciendas, casonas, portales, campanarios, calles, patios, descampados) que apenas ayer garantizaban desde lo espacial, gran parte de la identidad de los mayores.

 

 Actualmente toma mucha importancia lo que no ha sido legitimado desde la profesión del arquitecto, para comprender, reciclar, ampliar y densificar valores del patrimonio tecnocultural y natural nada despreciables. Algo de esto se pre-siente en la opinión de una niña de 10 años, pocas horas después del terremoto de Popayán en 1983: “Ya que Popayán está tan acabado, lo más peligroso es la Torre del Reloj. Hace muchos años pudieron hacer la torre unos antepasados. Ellos no estaban con la memoria muy desarrollada. La gente de ahora podría arreglarla. Mis padres y abuelos son muy popayanejos. A ellos les sintió mucho el terremoto”. Además de los telúricos existen terremotos tecnológicos, sociales y culturales a los que el comentario tambien sería aplicable. La niña espera que sus mayores entiendan que las cosas cambian, aunque esto sea a veces singularmente violento y doloroso. Es decir, que cada época tiene un desarrollo determinado por una “memoria” o modo de entender y saber hacer las cosas. Así, la arquitectura, como parte del patrimonio y del espacio vivido, se arregla-desarregla continua y radicalmente, enriqueciendo el sentido del diseño arquitectónico. De tal manera, el discurso sobre la arquitectura entra a ser parte de la construcción permanente, individual y grupal de sentido. Pero, ¿qué pasa si este sentido se vuelve más temporal que espacial ?; ¿cómo entender hoy una obra desde la “fachada” o desde  un determinado “estilo” cuando la arquitectura Precolombina y Colonial no eran problemas de apariencia o estilo?

 

Desde que la japonés Koichiro Matsura lidera en la UNESCO la idea que el patrimonio debe incluir lo oral e inmaterial --sin demeritar lo físico, arquitectónico y natural-- se puede sentir cuánto se ha enriquecido desde 1978, fecha de la declaración de la UNESCO sobre la relación entre el patrimonio natural y cultural, el concepto de lo legado. Esto fortalece el hecho de que el espacio habitado y habitable no es sólo un asunto físico o natural, sino un ámbito culturalmente construído que se sostiene o modula sobre lo tecnocultural, lo físico y lo natural. De alguna manera, entonces, la relación entre lo físico, natural y tecnocultural es el eje director de este ensayo.

 

 Lo anterior plantea inquietudes de innegable interés, aunque no sabría decir de cuánta urgencia. Sin embargo, lo claro es que millones y millones de personas urbanizándose, consumen y generan espacios culturales tangibles e intangibles en sus itinerarios vitales, mientras construyen-destruyen-construyen su espacio habitable. Actualmente lo destruyen-construyen bajo una tenaz cascada de información (violencia simbólica, para muchos) impuesta desde fotos, revistas, etiquetas, satélites, pantallas, monitores y vitrinas. Adicionalmente, las lentes de cámaras y videograbadoras del especialista, del maestro de obra y del turista, circulan manipulando y re-significando el patrimonio arquitectónico que consumen. Pero, ¿por qué la arquitectura en el Cauca y la arquitectura en el área de Conquista de influencia española es como es y ahora la apariencia evoluciona como si fuese sólo un asunto autónomo de imágenes visuales?

 

La manipulación del tiempo

 

“Los resanderos de abajo [del pueblo] que trabajan adentro de la casa cuando hay muerto, trabajan con reloj. Yo trabajo afuera limpiando la sombra y alegrando [limpiando con la especie de planta llamada alegrón], a ver si llega candelilla sobre el techo del rancho, canta gallo por primera vez o cae cometa [palabansig]. Entonces me voy a dormir”.

                   

                                       Celestino Cantero, Muerebig Misagk, 1982

 

Más allá de la retórica de las imágenes y de las publicaciones bellamente impresas, con las cuales legitimamente se llama la atención sobre el patrimonio cultural en el Cauca inquietan otras preguntas: ¿Por qué lo histórico, resulta concentrado sobre lo Colonial y se empieza a sentir recelo en lo relativo a las explicaciones profesionales y académicas sobre lo arquitectónico, sobre todo sobre aquella arquitectura sin arquitecto?; ¿Por qué se roza sólo en los bordes el campo y la cuestión de la cultura popular y discidente cuando de arquitectura, de diseño y de estética se trata ?; ¿Por qué en las imágenes de esas impecables ediciones se privilegia la imagen en estado “puro”, “aseptico”, es decir sin la presencia de los usuarios?

 

En términos de la relación cultura/espacio/tiempo la narración profesional y académica (luego del Modernismo de la Bauhaus, para nosotros la tercera modernidad) ha terminado armada como un relato final y completo. Una visión terminal desde la “funcionalidad geométrica” y lo “pictórico”, más que desde la relación habitabilidad-espacialidad. De hecho esta modernidad, se construye sobre la manipulación del olvido: Quiere decirse que lo anterior a la Bauhaus, academicamente se excluye, se torna invisible o francamente irrelevante. Sin embargo, la arquitectura Colonial se inició con la imposición, bio-lenta y violenta, de un sentido diferente del tiempo-espacio sobre lo que se consideró la “geografía natural” de estas tierras: No fue ni un asunto pictórico, ni un problema geométrico. El  poder buscó consolidar la Conquista y garantizar crecientes regalías en oro, plata, esmeraldas y sostener la comercialización de esclavos, algodón, índigo, “raspadura” (panela), tabaco, añil, quina, semillas, y abrir mercados a nuevas medicinas, ficciones y prodigios[2]. Para gobernar estos territorios y garantizar el aumento de esas regalías y ventajas, se impuso una nueva idea en cuanto a la relación educación-desarrollo (urbanización/encomiendas/tributos/territorio), mucha ingeniería (puentes, vías) arquitectura (fortines, cuarteles, haciendas, iglesias, conventos, casonas, mataderos, hospitales, casas de moneda y justicia, cárceles); nueva ecología ( vacunos, caballos, ovejas, trigo, cítricos, virus, bacterias) y no pocos objetos y comodidades (armas, espejos, vestidos, mesas, cuadros, vajillas). Todo aquello fue proyectado sobre los pueblos conquistados de una manera contundente. Como una estratégia orientada a materializar una temporalidad y espacialidad de un nuevo signo. Ese nuevo orden forzado desde el “texto”, moldeado a la fuerza como tecnocultura, sociedad, “territorio”, “ciudad” y “arquitectura” correspondió a la superposición económico-temporal y simbolica, de un inédito orden letrado sobre el tradicional orden oral cíclico y, por ello, tensamente prisionero de su voz, es decir de sus límites tribales[3].

 

De hecho, el carácter omnidireccional de la espacialidad oral, impide separar lo que llamamos arquitectura, del entorno que la contiene: No existe dualidad entre lo externo (natural) y lo interno (construido); entre figura y fondo; entre casa y terreno explotado; entre autor y constructor; entre lo “mío” y lo de “todos”. La realidad se siente parte de una continuidad parecida al viento o al fluir de un río. En este tipo de entorno oral, se funden el tiempo y el espacio de lo diario con el tiempo y espacio de lo mítico. Sin embargo, esa espacialidad tribal integral --hoy la llamamos holística-- resultaba definida y “encerrada” según el limitado alcance de la voz. Esta “debilidad” aparente de la espacialidad tribal, fue inmediatamente aprovechada por el carácter abierto y unidireccional del poder letrado del conquistador. Cuando la racionalidad “escritural” capaz de gobernar desde España, se colocó sobre esa espacialidad limitada a lo oral-tribal, el impacto colonizador alteró la temporalidad tribal de los orígenes; la sacralidad en el consumo de recursos; la materialidad de la arquitectura tradicional; en corto, la identidad y confort cultural de esas tribus. En este sentido varias veces escuché decir a indígenas guambianos: “Nosotros somos lengua, todos [setebá]; ustedes son letra, números-unos [kandé]”.

 

La arquitectura habitacional precolombina en el Cauca y en muchas otras regiones de la actual América, era biodegradable. El devenir vital de tribus, familias y grupos tendía a concordar con el devenir aparentemente cíclico y eterno del entorno natural. Así, la temporalidad de las viviendas no estaba detereminada por la temporalidad de lo por vivirse sino por la temporalidad de lo vivido [4]. Un viejo muerebig guambiano (médico tradicional) hizo los siguientes comentarios en una conversación que sostuvimos en 1978[5]:

 

“Ahora hay que comprar bultos de cemento y todo el mundo quiere casa como la (del pueblo) de abajo. Ahora hay que hacer casa con las cosas de abajo y lo de abajo es caro [plata, abonos, panela, cemento, ladrillo, tejas, hierro, clavos], mientras lo de arriba, lo de nosotros, es barato [la mano, paja, papa, cebolla, uyucos, tejidos]. La madera se está acabando ... En tiempo de los antiguanos no había pueblos como los de abajo (de los blancos) ... La carretera no se perdía en la ciudad ... Cuando alguien moría por allá por Vitoncó se sacaba el muerto por un hueco que se le abría a la pared y el rancho a veces se quemaba. Cuando hay muerto debe levantarse la sombra [del lugar] para que no quede espantando, soplando coca y limpiando y alegrando [refrescando] la ropa, los calderos, la casa y los trabajaderos con uña de gato y alegrón”.

 

Este tipo de comentarios no sólo son una singular referencia para entender la arquitectura de manera integral, sino que representan un enfoque que podría calificarse de multi-dimensional: Así se garantizaba que la vida re-empezase una y otra vez. Es evidente en el comentario, cómo entre la temporalidad precolombina y la evolución de la arquitectura de los empresarios de la conquista, se produjo un choque arrollador ( “abajo”- “arriba”, semilla latente de aquello que hoy nos hace hablar de la asimétrica relación: Norte-Su) con la virulencia brutal de una desconocida epidemia. Paradójicamente, mientras ese impacto “liberó” a los pobladores de estas geografías de las limitaciones del espacio oral,  el proceso los condenó a la esclavitud, al individualismo y, sobre todo, a la tiranía de un sentido de tiempo y espacio fragmentados. Una nueva idea en cuánto a la temporalidad y materialidad del espacio habitable, en esas nuevas condiciones impuestas, irrumpió con la fuerza de un espacio-lección, como si se dijeses: el espacio con sangre entra. Sobre lo biodegradable se impuso lo estático, la permanencia aparentemente concluida del espacio textual. De lo eco-ordenado --hoy lo llamaríamos holistico de escala local-- se pasó a lo unidireccional, secuencial y sectorial de escala transnacional; de lo multicentrado, típico del espacio oral, se pasó al centralismo típico del orden letrado.

 

          ¿Cuál fue el papel que jugó la temporalidad colonial en la arquitectura en el Cauca y, en general en la geografía de influencia española como arma de dominación?; ¿Trató de comunicarse con la fuerza de la nueva arquitectura que el poder colonial había venido a permanecer, a vivir “de asiento”?; ¿Buscó la Corona obligar a los aventureros y mercenarios de las primeras oleadas (atraídos por las noticias que circulaban en Europa sobre ciudades de oro y gentes “muy mansas” o, por lo menos, muy fáciles de derrotar) a pagar una indispensable dosis personal de urbanización ? Para tratar de entender esa nueva concepción del tiempo y el espacio, son pertinentes dos referencias. La primera es un fragmento de la novela de Cervantes  El celoso extremeño”, publicada ciento veintiún años después del desembarco de Colón, cuando se empesaban a consolidar en el Cauca los  territorios uni-centrados de población y producción /encomiendas/haciendas); la segunda es una orden dictada por Carlos V cuarenta y cuatro años después del descubrimiento. En la primera Cervantes imagina un hidalgo venido a menos camino de “Las Indias, refugio y amparo de los  desamparados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, para y cubierta de los jugadores ... añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos” (Cervantes 1958:25). Este texto, tiene la autoridad de un experto en lo relativo al sentir popular; de un maestro en el juego con lo no declarado oficialmente; de un virtuoso en el manejo de las ilusiones del momento. Permite inferir que frente a la necesidad de un proceso de urbanización estable --necesario para sostener la empresa colonial que Felipe II consideró una cruzada impuesta por Dios-- orbitaba latente el peligro de una conquista desordenada, un saqueo fugaz y una urbanización de coyuntura, hija de la rapacidad volátil de sus protagonistas. Todas estas cosas suceden cuando se busca un alto rendimiento a corto plazo o sea, cuando la destrucción del entorno y las culturas es el costo que se paga por la desaforada explotación de riquezas puntuales[6].

 

Este cambio en cuanto a la temporalidad se apoyó en una legislación excepcional, a través de la cual se manipuló la materialidad del espacio habitable. Es la segunda referencia. La Corona ordenó garantizar una arquitectura coherente con la idea de un dominio sostenible, “perpetuo”, “de asiento” y cada vez más consolidado. Deseándo que se “comience con mucho cuidado y diligencia a fundar y edificar ... casas de buenos cimientos y paredes y [lo hagan, si es el caso] apercibidos de tapiales” Carlos V ordenó el 9 de septiembre de 1536 para la Nueva España y, por extensión, para todas las tierras de conquista lo siguiente:

 

“... cada una de las personas que en esa provincia tenga o tuviere indios encomendados haga y edifique una casa de piedra, en el lugar y parte, según de y de la manera forma y traza que os pareciere ... y no habiendo en la dicha tierra o comarca donde así ha de hacer la dicha casa, comodidad de piedra para el edificio de ella, proveeréis que se haga de argamaza o tapicería u otros materiales de los más perpetuos que se puedan haber” (Encinas 1946:262).

 

Arquitectura, materialidad, perpetuidad: Un claro impacto frente a los ciclos constructivos tradicionales. Poco después de expedida esta orden, fue fundada Popayán. Así, cuando hoy fotografiamos, miramos o estudiamos el patrimonio cultural (expresado en puentes, templos, haciendas, casonas, casas, muebles, imágenes, espejos y objetos varios del patrimonio colonial caucano) la idea de “estilo”, el sesgo producido por la nostalgia y la tentación de abusar de un impreciso enfoque retrovisor, lo distorsionan todo. En estas condiciones los materiales y la arquitectura se vuelven de “estilo español”, “texturas limpias”, “perfecta unidad”,  “pureza material”, “superficies encaladas”, “paramentos netos”. Estas calificaciones ocultan que toda esa parafernalia jugó un papel concreto y violento, en la consolidación y estabilización de la administración de la conquista. Asi, una retórica formalista y manierista, ha terminado ocultando que tras ese tipo de patrimonio y su evolución estaba y está presente un poder imperial o transnacional: ser y razón de la expresión de la arquitectura y urbanismo colonial como espacio estable de dominación.

 

Sobre aquella decisión entre materialidad y temporalidad, se cimentó un gran propósito tecnológico, espiritual, militar, cultural y social. Se trataba de consolidar un poblamiento sostenido y “de asiento”. Sólo así fue posible controlar con éxito geografías tan extendidas y a pueblos de culturas consolidadas, luchadores y diversos. Esta concepción todavía estaba activa siete años después de la Independencia: en un mapa en el que se señalan las siete capillas reales de minas en el área de Santander de Quilichao. El camino que cruza esa zona minera, comercial y de servicios aparece definido como “camino real que gobierna desde Lima hasta Antioquia”.

 

Lo que se ha expuesto, en términos de la relación geografía-temporalidad-materialidad, podría documentarse con más detallade: Por ejemplo, Lucas Fernández de Piedrahita puso en boca de Sebastián de Belalcazar para la atención de Jiménez de Quesada lo siguiente: “Entretanto que la nueva población se acaba [ no permitan] que los indios entren en el circuito de la población, hasta que hecha y puesta en defensa y las casas de formas que cuando los indios las vean, les cause admiración y entiendan, que los españoles pueblan allí de asiento y los teman y respeten” (Fernández de Piedrahita, citado por Aprile-Gniset 1976:23). Esto sería aplicable a algo así como a 30 centros de urbanización que tenía Colombia hacia finales del siglo XVI. El punto que se quiere enfatizar, es que este no fue solamente un propósito militar sino, fundamentalmente, una estrategia de imposición cultural programada desde lo arquitectónico.

 

También es otro buen ejemplo un comentario de Bernabé Cobo sobre la visita que hicieron en Lima al capitán Diego de Agüero los caciques del rico valle de Lunagüana. En el texto que señala el caso, se siente la fuerza dominadora que se sabía emanaba de la nueva arquitectura, su equipamiento  y “las cosas notables de la casa”. Dice el cronista que el capitán, “los recibió con mucho agrado y muestras de amor, y para más granjearles las voluntades les fue mostrando toda su casa y las cosas de España que en ella tenía, que era lo que más novedad y ambición causaba a los indios; y después de que hubieron visto despacio cuanto había de curiosidad, los llevó a la caballeriza, para que viesen un hermoso caballo que tenía, que entonces era la pieza más estimada que un español poseía” (Cobo 1972:100). Imaginemos visitas similares a Japio, Calibio, Yambitará, Antomoreno, La Corona. Dando un salto, pero con el propósito de señalar el mismo fenómeno, cuando el líder apache Jerónimo fue hecho prisionero de guerra del gobierno norteamericano, lo llevaron a conocer las ciudades y la fábrica de donde salían por cientos las novedosas carabinas Winchester. Entre otras cosas, el primer objeto producido en serie en Am,érica, mucho antes que el Modelo T de Henry Ford.

 

Usar la arquitectura para generar ambición individual, debilidad colectiva e imponer el modelo sobre cómo debía vivirse la vida o señalar cómo es la buena vida, a la cual una persona “de bien” debe aspirar, es una poderosa y vieja táctica. Hoy esto genera una inmensa violencia barrial, en las áreas bajo tensa urbanizacion en nuestro pais y en general en Latinoamérica. Esta táctica, actualmente la utiliza maravillosamente el mercado de objetos y ambientes, al potenciar la inducción de necesidades cada vez más artificiales. Pero regresemos al tema. Leamos, con todo lo anterior en la mente, esta cita de Cieza de León (1972:104):

 

Todo el término que hay desde [el Valle del río Cauca] a la ciudad de Popayán está lleno de muchas y hermosas estancias, que son a la manera de las que llamamos en nuestra España alquerías o cortijos [¿Las que luego serían, después de dos o tres reconstrucciones, las actuales Piedechinche, Cañasgordas, Japio, San Julián, La Corona, Calibío, Yanaconas?]; tienen los españoles en ellas sus ganados y siempre están los campos y vegas sembrados de maíces ... Hay muchas arboledas de frutales, especialmente de los aguacates”.

 

Es claro que el primer espacio que impactó las culturas locales en el Cauca, no fue el urbano, sino el de la arquitectura de las casonas de haciendas. De hecho, la ordenanza de Carlos V sólo tuvo plena vigencia en el Cauca a nivel urbano más de dos siglos después de promulgada y luego de varios terremotos. Hacia 1580 Popayán tenía apenas unas 30 viviendas. Según Francisco José de Caldas (citado por Aprile-Gniset 1976:28) doscientos veintisiete años después contaba con siete mil setenta y cuatro habitantes que residían en 380 casas de teja y 491 casas de paja. Existían, además, 11 iglesias, 6 conventos y un seminario.  De hecho, las iglesias, templos, conventos y muchas casonas y casas que hoy se admiran en centros urbanos del otrora Gran Cauca (Santa Fe de Antioquia, Buga, Anserma, Cartago, Cali, Caloto, Popayán, La Plata, Almaguer, San Sebastián, El Rosal) son obras que alcanzaron su pleno desarrollo entrado el siglo XVIII. Algunos de esos centros, es verdad, se “congelaron” al agotarse las minas (caso de Almaguer) y muchos abortaron al esfumarse el sueño de El Dorado, como los casos caucanos de El Rosal, San Sebastián y Santa Rosa: “Puertas” apuntadas hacia las reservas de la selva por lo que pudiera descubrirse en el futuro, inclusive la posibilidad de encontrar El Dorado.  Esta idea de la “reserva” como una riqueza por venir quedó expresada, incluso, en la ley que determinó la creación de las universidades de Santa Fé, Cartagena y Popayán con la firma de Simón Bolivar (1827); a la de Popayán se le adjudicaron para garantizar su futuro económico, los terrenos de Pisojé (tenía unas minas de oro agotadas) y del Naya. Este segundo territorio en la entonces ignota costa pacífica, ámbito diverso y complejo que la Universidad nunca incluyó en sus programas. Además, en el antiguo mapa del Gran Cauca el área de lo “desconocido” (Amazonia) es mucho más grande que el área de lo “conocido”. Si se desean buscar ejemplos más tempranos, donde urbanamente si se hayan consolidado esos espacios para vivir “de asiento”, hay que mirar hacia Cartagena, Santa Marta, México, Lima, La Habana, Santo Domingo.

 

Quiero terminar la exploración de la relación entre temporalidad y materialidad con un sugerente comentario de Gonzalo Fernández de Oviedo, quien sentía en América el futuro de Europa, como varios siglos después lo argumentarían Hegel y varios otros. Para hacer énfasis en este aspecto, comparó Santo Domingo con Barcelona. Obviamente hay que leer estos juicios como parte de narraciones que nadan en un mar de exageraciones y ficciones. No hay que olvidar que se trataba de acumular poder, vender historias impresas (la ficción siempre ha sido un gran negocio político y editorial) y tratar de obtener, ante tantas dificultades y maravillas relatadas, dádivas hereditarias. Esta es la forma cómo Fernández, el cronista, le encuentra títulos de excelencia a la ciudad de Santo Domingo:

 

Más particularmente hablando, digo que cuanto a los edificios, ningún pueblo de España, tanto por tanto, aunque sea Barcelona, la cual yo he muy bien visto muchas veces, le hace ventaja generalmente; porque todas las casas de Santo Domingo son de piedra como las de Barcelona, por la mayor parte, o de tan hermosas tapias y tan fuertes, que es muy singular argamasa” (Fernández de Oviedo 1972:92-93).

 

Tapiales, fortaleza y singular argamaza. No sólo por consideraciones militares. La violencia simbólica está latente. Esta “eternidad” manipulada desde la materialidad por una conquista brutal que no hizo concesiones, impuso a los pueblos indígenas el inicio del largo tiempo de la espera, el arranque de una paciente y dispar lucha por sostener la identidad, el comienzo de un complejo proceso de negociación mientras se edificaba, decantaban, apropiaban y reciclaban oportunidades, saberes, prototipos y nuevas tecnologías.

 

Recursos constructivos: sobre-explotación y sub-utilización

 

“El bosque de El Encanto, en Pisojé, tenía como doscientas hectáreas. Era de puro roble y lo vendieron en Cali para hacer papel y cartón. Papeles para escribir pendejadas y cartones para empacar cosas que uno encuentra después tiradas en la basura”.

 

Collage de Tribilín sobre los recuerdos con Tomasí, Popayán, 1970

 

 

Es posible aumentar la perspectiva propuesta de los impactos y explorar otro tipo complementario de sentido para enriquecer el entendimiento sobre la arquitectura en el Cauca. Este otro enfoque es la relación: recursos demandados, espacialidad producida, usuarios beneficiados. ¿Qué pudieron pensar los habitantes de estas tierras, encontradas más que descubiertas, al asistir a la explotación huracanada e indiscriminada de su entorno ancestral ?; ¿qué pudieron sentir esos pobladores cuando debieron a la fuerza construir, participando de la maravilla de las herramientas de hierro, esos barcos, puentes, haciendas, conventos, templos, casonas, casas, mientras trataban de entender: armas, muebles, caballos, espejos y tanta maravilla desconocida?; ¿no se usaba demasiado material, sobretodo madera rolliza, para producir unos espacios para poca y sólo una muy determinada gente[7]?

 

Para empezar a ensayar respuestas, viene al caso estudiar un notable ejemplo de la espacialidad precolombina y contrastarlo con la producción y espacialidad arquitectónica colonial. Es pertinente, para ello, reconstruir mentalmente el espacio, como efecto tecnocultural, de un tipo de maloca descrita por los lados de la provincia de Arma, hacia la entrada norte del valle del Risaralda. Cieza de León, quien pasó por ahí corridas ya dos décadas del siglo XVI, la describió de esta manera:

 

“...sus casas son grandes y redondas, hechas de grandes varas y vigas, que empiezan desde abajo y suben arriba hasta que; hecho en lo alto de la casa un pequeño aro redondo, fenece el enmaderamiento; la cobertura es de paja. Dentro de estas casas hay muchos apartados entoldados con esteras; tienen muchos moradores ... los más valles y laderas parecen huertas, según están pobladas y llenas de arboledas de frutales de todas maneras” (Cieza de León 1972:75).

 

Un poco más adelante ya camino a Popayán, dirá:

“El valle es muy llano y siempre está sembrado de muchos maizales y yucales y tiene grandes arboledas de frutales y muchos palmares (de chontaduros), las casas que hay en él son muchas y grandes, redondas, altas y armadas sobre derechas vigas (1972:97,98)

 

La primera descripción hace referencia a un “multifamiliar”. Una especie de “iglú” tropical, de estructura nervada  tipo “canasto”. Esta tipología espacial, sin la necesidad de aquello que hoy llamamos “fachada”,  es correcta para las áreas cálidas[8].  Hay que acompañarla con prototipos para climas medios y más fríos. En las áreas templadas y frías del Cauca también existían viviendas de un sólo espacio. En un clima menos cálido el gran espacio de la maloca resulta poco apropiado en la relación confort/consumo de energía. Para esas condiciones de montaña se construían viviendas de dos y tres pilares que se encuentran expresadas en las tumbas o hipogeos de Tierradentro (La Hacienda y Segovia),  y en las trazasde habitación encontradas en los trabajos arqueológicos en el área de San Isidro por Chaves y Puerta (1988). Podría inferirse, además, que entonces no existía “urbanización” en Tierradentro en el sentido europeo, sino una extensa red de nichos familiares superpuesta a una idea de territorio que escapa a lo meramente catastral. Una forma  de poblamiento poco concentrada integrada a la ecología territorial, las tensiones veredales y unas ancestrales luchas por la tierra y la cultura, las cuales empalmaron con las luchas iniciadas durante el proceso colonial.

 

Los pobladores de esas arquitecturas de repente vieron explotar y consumir a una velocidad inédita miles de árboles, entre ellos esas arboledas de “frutales de todas maneras” que, inclusive, acompañaban los caminos. No solamente las armas de fuego sino las hachas de hierro y la imposición de una nueva manera de explotar el entorno marcaron el ritmo del paso conquistador. Si a estas consideraciones se añade que en muchos mitos americanos se cultivaba un eco mesiánico, manifestado en la espera de unos poderosos dioses barbados de tez blanca que debían llegar sobre el mar por donde sale el sol, el impacto fue terrible y complejo: espiritual y material; simbólico y económico; cultural y social; temporal y tecnológico; espacial y territorial.

 

La arquitectura colonial en el Cauca, entonces, permite entender que se construyó imponiendo un nuevo sentido al espacio, la materialidad y a la forma de apropiación de los recursos para producirlo, mientras se negaba como lección válida la arquitectura local. Con arquitectura para “notables” se demostraba y mostraba radicalmente, la ruptura irreversible del orden social, cosmológico, ecológico y tecnocultural existente. Desde este enfoque, no sólo los encomenderos fueron los primeros en desarrollar, sobre la búsqueda de aumento de su señorío, la monoexplotación  (caña, tabaco, sólo maíz, frijol o papa, maderas, quina), erosionando con potreros para ganado la biodiversidad local, sino que para posibilitar la primera arquitectura de haciendas, capillas de minas y la conformación de las plazas (centralidad desde donde se empezó a desarrollar la ciudad) se sobreexplotaron recursos a una velocidad inédita y en cantidades nunca vistas. Eran  recursos que esos europeos consideraban inagotables y por ello, de alguna manera, marginales. ¿No insistían las noticias y las fábulas sobre estas tierras que acá todo era gigantesco? Esa arquitectura, entonces, marcó el primer paso de algo que hoy ya es crítico: la relación entre la sobre-explotación y la sub-utilización de los recursos.

 

La arquitectura y la espacialidad coloniales son la expresión de la hipertrofia de la centralidad y la fragmentación; la pérdida de integralidad y la erosión de la diversidad en el entorno. Aún hoy llamamos tranquilamente “mejora” a un terreno sin su bosque original; sin embargo, desde el punto de vista del valor económico de la biodiversidad que se destruye, esto es más bien una “empeora”. El proceso tecnocultural de producción de la arquitectura colonial en el Cauca fue el reflejo de una ideología que educó para erosionar lo diverso, excluir el patrimonio cultural y natural local (intangible o mejor invisible para la hegemonía letrada) e imponer al diseñar y gestionar una manera fragmentada, individual y aislada (es decir letrada) de enteder el espacio habitable.

 

 

Empezaba, para decirlo de otro modo, el imperio de la obra aislada, con dueño, lo cual ha desembocado en el ideal de que una arquitectura reconocible debe ser una obra de firma conocida, ojalá premiada y sobre todo: editada.

 

Así se fortaleció una confusión epidémica que aún se hace sentir. Empezaron a entenderse como sinónimos “complejidad” y “desorden” y se trocó el inmenso valor de la diversidad climática, biológica y cultural de estas tierras por lo “inmaduro”, “vicioso”, “pestilente”, “mísero” efecto de una “geografía” apenas ayer salida de la humedad del gran diluvio universal. En suma, estas tierras eran un medio decaído y decadente (léase a Buffon, De Paw, Hegel, aún Dickens) donde la ignorancia y la falta de civilización eran el “orgánico y natural reflejo” de una naturaleza generadora de impotencia sobre la mente de unos primitivos “naturales”. La necesidad de una arquitectura para “señores” como centro fue su “normal” corolario. La arquitectura colonial, como espacialidad provocadora, al recalcar lo europeo como centro del mundo potenció la vitalidad, aún muy viva de una visión precopernicana que suponía que sobre lo europeo debía y debe orbitar toda cultura y geografía. Pronto los mapas se editaron colocando el “norte”, señalando la parte superior o más “importante” de la hoja del impreso y las manecillas de los nuevos relojes empezaron a girar de izquierda a derecha, como en los relojes solares giraba la sombra en el hemisferio norte.

 

Hoy es claro que estas tierras desconocidas para Europa, interesaban e interesan más como los recursos de una geografía --vacía de pueblos y culturas-- que como historia. Aldous Huxley alguna vez dijo que para un europeo el mayor encanto de viajar por el Nuevo Mundo era la elevada proporción de su geografía en relación con su historia, mientras en Europa la geografía era limitada y la historia muy amplia. Así, los pueblos “descubiertos” terminaron siendo pueblos encubiertos que interesaban como encomendados, tributarios, siervos, mano de obra, catecúmenos, reclutas, votantes y consumidores pasivos pero no como culturas. Por ello desde hace más de cinco siglos las explicaciones y debates con las cuales se ha racionalizado el entendimiento sobre estas complejas sociedades y culturas, pendula entre la aristotélica dialéctica de “libres” o “esclavos”, la de tonalidad más teológica entre “persona” o “bestia” y la relativa a la cualificación del poblador por su arquitectura entre habitante de “casa” o “rancho”. Esas primeras semillas de haciendas y capillas fueron, en este sentido, los faros de esas primeras “mejoras” de europeización. Es por todo esto que, en el desarrollo actual de nuestra arquitectura, hemos dado la espalda a las tecnologías alternativas o menos “minerales”, olvidando profundizar y desarrollar importantes lecciones del diseño patrimonial y, sobre todo, olvidando completamente las experiencias de las culturas locales  (lo oral y lo intangible) y el clima ( aunque si se puede medir y contar) al realizar nuestros diseños.

 

Con todo aquel fondo, vibra el sentido de lo escrito en el Chilam-Balam (Anónimo 1941) sobre el tipo de desarrollo arquitectónico impuesto por los tzulues (blancos). Se trata, no debe olvidarse, de lo escrito durante varios siglos, en un libro considerado de poder. Al formatearse y fijarse la propia historia maya en “libro” --al exponerla con las letras de los dominadores-- quizás se petrendió controlar y entender  un problema que se salía de la oral experiencia ancestral. En el Chilam-Balam (¿inicio del fenómeno que hoy nos tiene hablando de la crisis ambiental?) se dice lo siguiente:

 

“[Los españoles] Ellos enseñaron el miedo y vinieron a marchitar las flores. Para que su flor viviese, dañaron y sorbieron la flor de los otros ... ¡Ay, será el anochecer para nosotros! Grandes recogedores de maderos, grandes recogedores de piedras, los gavilanes blancos de la tierra. Encienden fuego en la punta de sus manos y al mismo tiempo esconden su ponzoña y sus cuerdas para ahorcar a sus padres” (Anónimo 1941:26, 157).

 

Fue el momento en el que apareció la hegemonía del espacio interior e individualizado--colocado dominante sobre un entorno tropical--que era, aún en las zonas más frías o de altura, climática y culturalmente más exterioridad que interioridad y más “grupo” que “individuo”. Todo esto sucedió mientras se popularizaron e impusieron nuevos repertorios constructivos y simbólicos con la fascinación de la legitimación  sobre un papel y con la vanguardia de las armas de fuego, la letra, los caballos y las herramientas de hierro.

 

¿Cuántos árboles de aquellas comentadas grandes arboledas de frutales se necesitaron en la construcción y reconstrucción secular de las haciendas de Calibio, San Julián, Cañasgordas,  Piedechinche, Japio, La Corona, Yanaconas, las siete iglesias de minas del área de Quilichao, Antonmoreno, Coconuco y los templos, conventos y casas de las ciudades y poblados caucanos a mediados del siglo XVIII?. Lo que es claro es que se marcaba un creciente desfase entre cultura y oferta ambiental. No era la primera vez que esto sucedía: si los sinues lograron dominar el regadío por goteo los mayas parece que fracasaron en su desarrollo al terminar su agricultura de espaldas a la ecología de sus territorios. Por otra parte, para el tiempo de la Colonia en el Mediterráneo, geografía e historia de origen de los conquistadores, la demanda de árboles para leña, edificación de casas y construcción de grandes flotas ya había destruido no sólo el bosque existente sino hasta el mantillo que alimentaba esos árboles y su vegetación asociada[9]. De este lado del Atlántico, con ese modelo de desarrollo vivo y potenciado y este tipo de arquitectura, se rompía una vez más (esta vez gracias a la poderosa lógica dual que llevaría a Europa a la Ilustración, a la Revolución Industrial  y al planeta a la economía de mercado, en suma, al consumidor pasivo y acrítico) la integralidad existente entre patrimonio natural y patrimonio cultural. Debieron correr 480 años para que, al fin, esa obvia integralidad, fuese postulada y redescubierta por la Unesco.

 

Sobre termos y sombrillas

 

“!Claro, me voy a volver más vieja cantaleteando!. Estas muchachas son tercas como mulas y no hacen caso: ¡ Abran todos los días por las mañanas las puertas de la sala para que a las cortinas no les dé maldetierra!. Y para peor: cuando viene visita la sala huele a entierro.               ¡ Me tocará rezar el doble  al Ecce-Homo para que hagan caso!”.

Eco de mi abuela, cuando la familia vivía frente al Teatro Municipal, 1942

 

Otra perspectiva para comprender la arquitectura la establece la espacialidad colonial por sumatoria de “cajas” y su respuesta al clima. Recordemos las visitas de los caciques a la casa del capitán Agüero e imaginemos visitas similares a las haciendas y casonas en el Cauca. Pensemos que en esas oportunidades, a través de la arquitectura y los objetos de la casa, se marcaba la dolorosa frontera entre “salvaje” y “civilizado”; entre “letrado” e “ignorante”; entre “arcaico” y “moderno”. Pero si algo se imponía, era el  radical  contraste entre “clima geográfico” y “clima cultural” (Confort Cultural). La arquitectura educaba e imponía un cierto tipo de tecnología, un rango preciso de consumo y una tipología frente a las condiciones ambientales del entorno, mientras estimulaba la ambición por acceder a ese modo  individualizado y espacializado de vida. Una vez más el Chilam-Balam permite sentir desde el dominado, cómo fueron entendidas esas “cajas” en tanto espacialidad impuesta:

 

“!Castrar el sol!. Eso vinieron a hacer aquí los extranjeros ... será el tristísimo tiempo en que sean recogidas las mariposas y entonces vendrá la infinita amargura ... Y he aquí que quedaron los hijos de sus hijos, aquí en medio del pueblo ... se pusieron los cimientos de la Iglesia Mayor, la casa de aprender en lo oscuro, la Iglesia Mayor del cielo” (Anónimo 1941:26, 65, 113).

 

Además de producir admiración, esos espacios de “aprender en lo oscuro” y habitar “de asiento” practicamente para muchos desde lo oculto, marcaron una tipología arquitectónica (la “caja”) y, obviamente, alimentaron muchos temores y deseos. Ya iniciado el siglo XX en unas elecciones en las cuales se colocaron las mesas de votación  en el primer Centro Comercial construído en el Cauca con capital privado (la  galería de Santander de Quilichao-1928) los indígenas Páez se negaron a entrar a votar  dentro de ese novedoso espacio (Armando Velasco, comunicación personal),.  ¿Se expresaba el eco de aquel explicable temor a lo encerrado?; ¿la sospecha ante aquellos espacios de “aprender en lo oscuro”?; ¿el afán de no dejarse limitar espacialmente, sinónimo de debilitamiento? La afirmativa es alta. Más aún cuando en nuestra cultura europea las cárceles y las aulas (¿j-aulas?) son “cajas”, cada cual con su género, su horario, su llave, su normatividad y su jefe de disciplina.

 

¿Cuando se habla en el Chilam-Balam de un espacio “de aprender en lo oscuro”, adicionalmente no se está poniendo en duda la relación arquitectura-clima para las condiciones tropicales?. Los patios, aleros y corredores en la arquitectura colonial hacen pensar que esa arquitectura es ejemplar para las condiciones cálido-humedas. Pero, ¿por qué en tiempos de los abuelos se decía que esas “cajas” había que abrirlas periódicamente para que no olieran a encierro y para que a los vestidos y cortinas no les diera “maldetierra”? Una “caja” de tapiales, es decir un espacio generado por anchos muros  de tierra, es más análoga a un termo que a una sombrilla. En el trópico se necesita un espacio más ventilado, una arquitectura abierta a la convección. En suma, no una arquitectura tipo “termo” sino una arquitectura tipo “sombrilla”.

 

Si retomamos el caso de la espacialidad del grupo Paez, su gusto por el espacio aparentemente ilimitado, además tendría origen amazónico. Desde esa región esa tradición espacial, hacia finales del siglo siglo XIV, habría llegado al actual Tierradentro. Este es un argumento adicional para explicar la resistencia a vivir en concentraciones o poblados: la importancia del rito del “refrescamiento” o “lavado” cuando toca asumir algún proceso comunitario o familiar; el lugar significativo de la sepiente del agua (¿güios?) en sus mitos, señalan haia esa posibilidad. Así se explicaría, de alguna manera, su reacción ante los espacios cerrados de origen europeo. Esto lo detectó, aunque no explicó, el padre Manuel Rodriguez en1684: “...nunca han podido sus encomenderos conseguir de ellos que en un mismo territorio o fuera se reduzcan a pueblos, a que se resisten sobre todo ... Resistencia de las gentes a vivir en pueblos, lo cual dificultaba de tenerlos juntos para hacerles predicación” ( citado por Herynaldy, Gómez y Ruiz, Carlos,1997:32, 33). Así, la explicación de la arquitectura biodegradable en esa parte del Cauca tendría aún esa otra razón: además de ser analógica con los ciclos del entorno natural. El tipo de poblamiento y la espacialidad territorial de los Paeces (Nasas) sería la superposición simbólica de un territorio ancestral abierto entre-ríos, colocado sobre un medio entre-montañas. En cambio, en el valle de Pubén y en el del río Cauca los pueblos agricultores encontrados por los españoles sí tenían concentraciones humanas en pequeños poblados. Así, cabe esperarse que la arquitectura habitacional, entre los Paeces, tienda a tornarse poco permanente. En investigaciones en la zona encontré casas biodegradables con paredes hechas con las cañas del maiz[10].

 

Otro caso en el que se evidencia la reacción ante el encierro

--cruzado, igualmente, por ese tipo de “construcción para siempre”—es el de las capillas abiertas mexicanas. Aunque para algunos autores este tipo de espacialidad tendría sus antecedentes en ejemplos de la arquitectura hispano-musulmana lo cierto es que la relación entre el espacio encerrado y el espacio abierto no tiene precedentes en ese tipo de arquitectura y, mucho menos, en la arquitectura religiosa europea. El caso mexicano es un aporte de América al repertorio de la arquitectura religiosa. Esa respuesta, en cierta forma, fue una victoria de los rituales prehispánicos –que también significaron la oposición al “espacio de aprender en lo oscuro” impuesto por los conquistadores-- sobre el manejo europeo de la espacialidad arquitectónica de termos y estructurada por “cajas”. Esos “termos” de grandes paredes de adobe y tapiales funcionan a la maravilla en climas cálido-secos como los del sur de España y el norte del Africa. Por ello son tan eficientes en términos de confort biológico en Santa Fé de Antioquia y Lima pero no en el trópico lluvioso como es Popayán, Pasto o Cali. El calor, la humedad, los hongos y el encierro terminan imponiendo su ley. Esas “cajas”, para cuya construcción fueron necesarios cientos de árboles (sólo los cielos rasos estaban sostenidos sobre grandes “camadas” de madera rolliza), son entonces espacios de un claro origen africano. En la América hispana y en el Cauca se aplicaron impulsados por la inercia conquistadora, esos “termos” ideales para climas áridos, dándole la espalda a las condiciones ambientales locales. Esta espacialidad tipo “caja” se repite actualmente de manera acrítica con el uso de ladrillo quemado, concreto armado y muy sofisticados “acabados” que ocultan su verdadero origen y naturaleza.

 

En el campo caucano es posible estudiar otro tipo de viviendas, llamadas “casas de servicios”. En el sur del Cauca y Nariño, tambien llamadas casas “número siete” y “número cinco”. Estas cobstrucciones son viviendas unifamiliares de planta en forma de “I” o “L”, la gran mayoría de un sólo piso, copias reinterpretadas de las antiguas casonas de hacienda. Estas tipologías son efecto del impacto educativo sobre el cual se ha insistido y reflejan la necesidad de acumular el capital simbólico impuesto a los pueblos calificados como marginales. El número siete o cinco hace referencia a la cantidad de “cajas” de que consta la vivienda. Cada servicio es una “caja” o cuarto. Así, son obras que resultan de varias “cajas” sumadas. En estas habitaciones campesinas la vida cotidiana termina concentrada, sobre todo en las regiones más frías, en uno sólo de los espacios, aquel que contiene el fogón; el resto de “servicios” sirve para señalar que se ha accedido a la “modernidad”, que se tienen recursos, pero en verdad guarda sólo polvo y miseria.

 

Calificar estas construcciones como casas número “cinco” o “siete” implicaba, además, atender una referencia tecnológica: Esas tipologías por sumatoria de “cajas” se cubrían con un determinado número de “pares”. El “par” o la “tijera” (un “par” no es una cercha), resolvía la estructura de la cubierta. Por ello, antes de construir una obra, inicialmente se decidía cuántos “pares” tendría. De hecho, muchas veces se planeaba y contrataba, especificándose el número de “pares” que debían construirse. Desde el siglo XVI hasta las obras del primer centenario de la Independencia (1910) y la posterior arquitectura del ferrocarril, el proceso consistió más en subdesarrollar el ideal de un cortijo, estancia, hacienda o casona española que desarrollar para las condiciones tropicales y culturales locales, las lecciones y valores estructurales y ambientales de aquellos “bohíos”, “malocas” o “ranchos”. Fue cuando en el discurso (de hecho se necesitó un discurso de corte republicano para pre-explicar la arquitectura), se empezó a hablar de estaciones de ferrocarril, palacios arzobispales, nacionales, de rentas, de bellas artes, de justicia. Ya en la época de la arquitectura con cemento (soporte de lo que llamáriamos Arquitectura Republicana, en verdad nuestra segunda modernidad), la llamada “casa quinta” que aparece en el lenguaje urbano, probablemente hace referencia a una vivienda para entonces entendida como un juego de funciones. Es decir, impactada por el eco de la funcionalidad de la lógica industrial. Se empezó entonces a entender la vivienda por su programa de diseño, constituído basicamente por cinco espacios principales: área de servicio, cocina, salón-comedor, dormitorios y cuarto de baño.   El uso del cemento trasladó el centro de gravedad de la espacialidad por el número de “cajas”, a la necesidad de garantizarle a la obra una determinada apariencia e imagen: Había aparecido la  fachada”. entre nosotros. En verdad con retardo de siglos, si atendemos como referente o caso cero, la estética neo-clásica propuesta por Palladio en Italia,

 

Las viviendas de familias de origen africano, también son ilustrativas en esta discusión de tipo tecnocultural (relación termos/sombrillas). Enriquecen no sólo la comprensión de la arquitectura habitacional regional, sino que permiten explorar como juega esta vertiente adicional para densificar la compleja relación existente entre tecnocultura, espacialidad, materialidad y clima. Aunque mucho se ha escrito y documentado sobre la trata de esclavos en Colombia. Sobre el Cauca como sociedad esclavista. Sobre el precio de los esclavos (según género, edad y procedencia) y sobre las reacciones libertarias, prácticamente nada se ha tratado sobre la vitalidad regional de las tradiciones espaciales y arquitectónicas de las poblaciones de origen africano. En el Norte del Cauca y en el Valle del Patía aún existe algo de ese invisible y rico patrimonio arquitectónico afro-cultural, el cual aún no ha sido metódicamente abordado desde la perspectiva que propongo en este ensayo.

 

Las construcciónes de las casas y haciendas señoriales se realizaron con trabajo esclavo. Su tecnología, al llegar al sur de España del norte de Africa y de ahí a América, se terminó calificando como de “tapiales”. El “bahareque” se dejó para hacer referencia a una forma “menor” de construcción de ranchos o bohíos.   Muchos de los esclavos –por su geografía y ecología de origen—al sur del Sahara sabían construir “termos” en tierra. Debido a que en las obras señoriales la toma de decisiones constructivas estaba monopolizada por los hacendados, notables y propietarios de cuadrillas de esclavos, el eco arquitectónico de esas tradiciones africanas hay que buscarlo por fuera de los ejemplos de la arquitectura colonial. Esas referencias se encuentran en viviendas de afro-colombianos en el Patía y en el Norte caucano  ( Villarica, San Antonio, La Robleda ), cerca de Santander de Quilichao. Explorando por qué algunas casas tenían ventanas tan diminutas y eran tan oscuras y encerradas estando en clima tan caliente y húmedo, obtuve respuestas como estas: “Los abuelos las hacían así”; “la ventana, para que sea bonita, debe ser del tamaño de la cara”; “la ventana debe ser pequeña para que no entre la muerte

 

Si para las tribus indígenas los europeos fueron una huracanada sorpresa, para los africanos esclavizados no lo fueron en sus geografías. Conocían de autos a los navegantes portugueses hacía siglos. Así que la esclavitud no sólo trajo desarraigo; también trajo la memoria tecno-ambiental de unas viviendas adaptadas a la geografía de sus orígenes: Una vez más, las viviendas tipo “caja” o “termo”, ahora procedentes de las regiones tribales al sur del Sahara. Algunas de estas casas (Villarica, La Robleda 1985), se encontraron   decoradas con muchos colores. La pintura fue realizada por las mujeres y los niños, lo que concuerda con tradiciones africanas. Muchas veces estas habitacionales tienen el fogón fuera del espacio principal o en otro espacio separado de la vivienda propiamente dicha. Los vanos muy grandes y una alta ventilación cruzada en un clima cálido-seco, estimularían la deshidratación y decretarían la rápida pérdida de confort y salud. De aquí el canon de la ventana-cara para que “no entre la muerte”. Las regiones de origen de la mayoría de los esclavos en el Cauca, determinó que sus habitaciones estuvieran adaptadas al clima cálido y seco de sus emplazamientos; de hecho, muchos esclavos procedían del norte de lo que hoy son Ghana, Nigeria y Angola. Es decir, eran pueblos que habitaban sabanas secas durante ocho meses del año.

 

El espacio tipo “termo” (ideal para el clima cálido-seco), entonces tocó dos veces esta parte del trópico húmedo que terminó llamándose Gran Cauca. Mejor, llegó siguiendo dos caminos diferentes: uno caracterizado y escriturado en las Leyes de Indias y el otro oralizado a través del recuerdo de la arquitectura habitacional de los herederos de los africanos esclavizados. Esta segunda vertiente, apoyada en la tecnología local (bahareque) de ranchos y bohíos.

 

La avalancha de imagenes

 

“Vea man: ahora lo que importa es la pinta: una pinta bien áspera y chévere, ¿me entiende?. Fíjese que ese duro que coronó tiene su Harley bien brillante y bacana. Es que la pinta es lo que domina para figurar y golear nenas. A usted le figuró: no sea lentejo; póngase las pilas: No sea barro”.

 

                    Oído en un semáforo, Cali, 1998

 

No sea barro; no sea de la tierra; sea pinta; tórnese imagen, pinta, apariencia de verdad. Esta parece ser la consigna urbana del momento. Por lo menos, es aevidente que las aspiraciones de los pobladores y pobladoras, además, ahora son claramente urbanas. Aunque el significado local de la arquitectura desde la tríada temporalidad-materialidad-recursos constructivos siguió evolucionando lentamente hasta la década de 1920, la arquitectura en el Cauca siguió al paso tipológico y tecnológico impuesto en la Colonia. Casi de repente, con la llegada del cemento en cantidades significativas gracias al ferrocarril, se aceleró, alteró y radicalizó el proceso. Desapareció la tapia pisada y el adobe al hacerse ahora necesario el ladrillo quemado y la “estructura de ingenieros” (concreto armado) para posibilitar el repello o “acabado moderno”. Nacía, pues, la tiranía del “acabado” sobre la “obra negra”  u obra burda llamada así aún hoy por la pervivencia de formas del habla, cuando la construcción era realizada con trabajo esclavo. “Trabajo como negro”, “la veo negra”, “esto se puso negro”, “lista negra”, “me negriaron”, son maneras comunes de describir que se remontan a ese tiempo. Aún en el “tiro al blanco”, lo cual parece un respiro para las personas de origen africano, es negra la diana en el centro del blanco...

 

La llegada del cemento no sólo potenció al extremo la idea de “casa de material” y de “obra para siempre” (una idea que el tapial, la piedra y la argamaza habían impuesto, como se analizó, desde la época de las Leyes de Indias) sino que ayudó a la irrupción huracanada de la “fachada” como elemento fundamental en la potenciación de la arquitectura como parte de la acumulación de capital aparente. La valoración de la arquitectura por su imagen, rapidamente se volvió hegemónica. La imagen se colocó sobre la espacialidad y el “estilo” o el “gusto” empezaron a controlar la producción arquitectónica, tanto en el ámbito académico como en de la arquitectura sin arquitecto. Desde entonces la “fachada”, se ha convertido en el elemento básico para clasificar la arquitectura, calificar a los estudiantes de este oficio y determinar el capital o “modo” de sus propietarios. Los diseños

--tanto en el ámbito profesional (planes y oficinas de arquitectura, suplementos, revistas, textos y concursos) como en el ámbito de la arquitectura sin arquitecto (la oralización y reciclaje de ese nuevo “teco-gusto”)--  terminaron tensionados y determinados por el poder de lo aparente.

 

Aunque en iglesias  de Popayán, como la tercera catedral (del italiano Serafin Barbetti), San Francisco (del español Antonio García) y San Agustín se adivina la necesidad de dibujos previos para dirigir la construcción de su apariencia, lo cierto es que el sonido de las campanas, la imaginería y el dorado de los altares bajo la luz de los cirios de cera de laurel, eran muchísimo más importantes que el valor visual de la edificación que los contenían. Aunque la hegemonía arquitectónica de la imagen desde el papel, es sincrónica en Colombia y en el Cauca con la llegada del cemento (arquitectura Republicana), hay que precisar que ayudaron a preparar y fortalecer el terreno los grabados y algunos libros y, sobre todo, las valoraciones estéticas que acompañaron las obras del Primer Centenario de la Independencia (1910), Esto se puede rastrear en los discursos inaugurales de nuestros parques y sus estatuas, espacios geometrizados ahora “a la francesa”, construidos como simbolos para conmemorar el primer centenario de la muerte del Libertador (1930). Los cada vez más frecuentes viajes a Europa de las personas adineradas, la fotografía, el fotograbado, la moda de las tarjetas postales (las fachadas del cine Paz en Santander de Quilichao y del primer Banco de la República en Popayán, quizás sean ejemplos de estas referencias) y la arquitectura del ferrocarril, apretaron y forzaron el paso del fenómeno. A todo ello se prendieron teatros, “palacios” nacionales y arzobispales, casas curales, habitaciones familiares, bancos, cines e, inclusive, la apariencia de algunas primeras obras industriales y comerciales  (en Popayán, el molino Moscopán y Belalcazar, así como la trilladora Santa Inés).

 

El pequeño pero significativo caso del cine Paz en Santander de Quilichao es un buen ejemplo de lo dicho: Este tipo de recreación y nueva espacialidad fue posible luego que Rogelio Espinosa montó la primera planta de generación eléctrica y trajo los primeros proyectores. Fue cuando, como recuerdan en esa población, “empezó Don Rogelio a vender luz, a dos centavos el bombillo. Prendía la planta a las seis de la tarde y cortaba la luz a las nueve de la noche: en ese lapso vendía cine”. Todo esto necesitó ser ubicado en un espacio señalado por una imagen que lo distanciara de la arquitectura que hasta ese momento dominaba en la población. En Quilichao, hubo luz eléctrica primero que en Popayán. Ese para entonces desarrollo mágico, antes de proyectarse en avisos neón y terminar metrando el tiempo desde televisores, vitrinas y monitores, iluminó la noche y obligó a un nuevo entendimiento. Así recuerda la poetisa Matilde Espinosa ese momento alucinante: “Recuerdo la noche cuando llegamos a Santander de Quilichao. Eran alrededor de las siete de la noche. Yo iba con mi hermanito, los dos en un caballo, después de viajar durante tres dias (desde Popayán). Cuando vi de lejos lo que para mi era un mar de luces, me maravillé. Tuve la impresión de que el cielo estaba boca abajo, que se había vaciado en el suelo. Eran los bombillos eléctricos que yo nunca había visto”. Es claro cómo la teconología altera la forma de conocer y sentir el espacio y el tiempo. Inclusive es posible encontrar en el Cauca algunos ejemplos arquitectónicos habitacionales, influídos por las pinturas en las tapas de algunas cajas policromadas de galletas inglesas, las cuales terminaron usadas como costureros por nuestras abuelas.

 

Un ejemplo, como “caso cero” de “fachada de caballete”, para tratar de marcar un antes y un después en el Cauca, en cuanto a la aparición de la estética arquitectónica sostenida sobre el eco de tímpanos, columnatas greco-romanas, molduramientos, capiteles, buñatos, cornisamentos, es decir una variante del famoso “neo-clásico estilo a la italiana” (Posteriormente, para nosostros legitimado como  Arquitectura Republicana), es la aplicada en el paramento de la casona donde hoy funciona el Museo Arquidiocesano, frente a la iglesia de Santo Domingo en Popayán. Se trata de una reconstrucción posterior al terremoto de 1886, el cual permitió que al reconstruir la “casa-termo” original, recibiera-superpuestos elementos neo-clásicos (tímpanos y molduramientos sobre los balcones). Este inicio del fachadismo, puede aventurarse que fue apuntalado con el diseño del maestro Dueñas para la cuarta catedral de Popayán (1906)). También algunas obras menores, empujaron para abrir trocha y alcayatar esa novedosa expresión de modernidad: Es el caso de la imagen “neo-clásica” de los pedestales de las estatuas para conmemorar el Primer Centenario de la Independencia (base de la estatua de Caldas en el centro fundacional de Popayán, p.e.) y el de la estatura de Bolivar, para conmemorar el primer centenario de su muerte (parque Bolivar, Santander de Quilichao). Tambien este tipo de expresión se encuentra en algunos mausoleos familiares que fueron construídos con la misma intención e influencias[11], así como en los templetes con la imagen de la Virgen que se encuentran en algunos cruces de caminos. Todo esto, ayudó a imponer y popularizar ese nuevo tecno-gusto.

 

Posteriores  obras de fachada”, ya bajo la novedosa tecnología del cemento, demuestran la fuerza imparable de este nuevo grado de educación simbólica: Teatros municipales, estaciones del ferrocarril, palacio arzobispal, trilladora Santa Inés, molino Moscopán, alcaldía, casa de los Ibarra, en Popayán; el cine Paz, en Santander de Quilichao y las muchas obras de “fachada” desperdigadas por todo el departamento (iglesias y algunas casas de Santander de Quilichao, Belalcazar, Tunía, Pescador, La Vega, Inzá).Parecería como si por la magia de esa novedosa tecno-estética, fuese posible expresar, que ese centro de población, institución, empresa o familia, alcanzaba al fin la modernidad. Ese tipo de nueva educación urbana sincrónica con la popularización de ese imaginario, décadas despues marcaría el estrato social y legitimaría al poblador urbano como una persona contemporánea y sobre todo de “buen “gusto”[12].

 

Pero el asunto de aquel gusto neo-clásico, ahora sí pretendidamente definitivo, tal lo desea y postula siempre toda vanguardia estética, terminó siendo volatil. Como parte del fenómeno de acumulación de capital simbólico, permaneció y fue reconocido como tal, sólo mientras era legitimado por la fugacidad de la moda que lo explicaba y sostenía. De hecho, hoy existe una muy rápida manipulación y obsolecencia de las imágenes. Podría decirse que estamos determinados por el poder disolvente del instante. Por eso ocurre una verdadera lucha entre los poderes que compiten la manipulación del “gusto” de millones de personas, por controlar la moda y, por tanto, dominar amplios sectores del mercado.

 

 Gusto y consumo, se habrían torenado términos siameses. Fuerzas económicas y políticas muy poderosas, las cuales monopolizan los nuevos medios, están continuamente estableciendo patrones estéticos de gran fugacidad: En los ámbitos del arte, la arquitectura, los objetos de equipamiento urbano, institucional, doméstico y aún en la urbanización de los lugares donde se considera que es posible un “buen vivir”. Esto, en la ciudad Colonial, se garantizaba simplemente según la distancia a la cual el poblador vivía de la plaza central. La generación de “comunidad” (real, imaginada o simplemente manejada como un “publico inmobiliario o social”) y la rehabilitación del paisaje urbano y la recuperación histórica (real, imaginada o simplemente producida como maquillaje o parte de un collage) sirven para comprender, según  David Harvey (1989: 83, ), la actual fascinación que producen los programas de embellecimiento, ornamentación y decoración -- a escala de region, ciudad, sector, obra institucional o familiar—en tanto códigos y símbolos de distinción politica y social de coyunturas. En el ámbito arquitectónico, todo esto habría comenzado, entre nosotros, con las visitas dominicales de asombrados indígenas a las casonas de los encomenderos.

 

La fachada como acumulación de impactos, ahora de creciente sentido tecnosimbólico --¿no fue una proyección muy temprana sobre la arquitectura de la región del Veneto en Italia, de la composición y temática de  las portadas de los primeros libros impresos? (El tema se desarrolla en el texto “Fachada e Interlocución” Thomas 2008:311)— se escribía, la fachada como acumulación de impactos, marcó y marca un límite cada vez menos ecológico y cada vez más socialmente “opinado”. Si la estética arquitectónica de fachada que nos llegó con el cemento, es hija de la arquitectura italiana (estilo republicano, neo-clásico o ecléctico entre nosostros; palladiano para los italianos; georgiano para los ingleses; imperio para los franceses, colonial jeffersoniano para los norteamericanos), la mano de obra, en nuestro medio, para producirla fue local. De tal manera, los obreros que construyeron aquellas estaciones, teatros, trilladoras, palacios nacionales y arzobispales, alcaldías, casas de gobierno, nuevas “casas quinta”, escucharon el discurso estético de los ingenieros y arquitectos de entonces, mientras asistían al manejo y discusión de planos constructivos y esa interlocución la aprehendieron y aplicaron, en sus casas ahora de ático,  por decirlo de alguna manera, no de forma plano-visual sino de modo oral, conversado, opinado. De allí surgieron los miles de espléndidos ejemplos desenfadados, de arquitectura sin arquitecto, que rodean el antiguo centro urbano de Popayán y enriquecen las periferias de tántas ciudades colombianas y latinoamericanas. Miles de ejemplos que, en verdad, es lícito sean entendidos como casos de un neo-clásico oralizado.

 

Esa imagen popularizada del neo-clásico italiano, reinterpretada y manipulada de mil maneras (con cerámicas, retales de mármol, aluminio, concreto, espejos, en algunos casos detrás de acabados reciclados con sobrantes y prefabricados que circulan en el mercado del rebusque) ha sido subestimada. Tornada invisible, por la racionalidad profesional y académica[13]. Este hecho se agudizó cuando se definieron como Centros Históricos las áreas urbanas donde se concentraba el patrimonio Colonial, negándose el carácter de histórico a toda aquella rica y variada arquitectura situada por fuera de ese límite. Pero lo cierto es que el Cauca está lleno de cientos de miles de esos ejemplos de esta especie de neoclásico popular compartido. Esas casas de ático, repelladas y pintadas de manera muy libre, remedando buñatos y cornisas, algunas con frentes mínimos y una simetría claramente palladiana, son la proyección oral de ejemplos de “fachada” aprehendidos en obra.

 

Entre tanto, sobre este huracán de imágenes en cemento (y luego ladrillo, bloques, cerámicas, vidrio) la arquitectura Colonial y el siguiente coletazo Republicano se tornaron “estilos”[14], olvidandose que esa arquitectura es entendida como un problema estilístico y estético, hace apenas unos cuarenta o cincuenta años. Los españoles no sabían que construían en “estilo español”. De aquí que la obra del arquitecto argentinoJosé Luis  Moia (1943), vetada en el ámbito académico, ofreció un repertorio ad-hoc tanto de la estética “moderna” como “colonial”. Este libro en sus múltiples ediciones, tuvo una buena acogida entre ingenieros y maestros. Muchas viviendas del sector del Morro, el Liceo, el Barrio Modelo y la Calle Curva en Popayán, para los académicos del Movimiento Moderno (Tercera modernidad impuesta por la Bauhaus, a través de la cual se industrializó el olvido), siguieron este herético camino expresivo,, De cierta manera, la discutida obra de Moia, funcionó como el primer manual para facilitar y popularizar los correctos procesos constructivos y manipular la nostalgia.

 

A partir de la entronización de aquella “estilística”, la integralidad que debe expresar una obra ambientalmente diseñada, se fue reduciendo a la importancia de la ubicación del lote y a la apariencia de unas superficies excelentemente manejadas como composiciones pictóricas y escultóricos juegos volumétricos. Muchas de ellas, hasta hace muy poco, abonadas por la nostalgia de lo Neo-clásico (Posmodernismo). Entre tanto, la exploración espacial y ambiental se ha quedado en gavetas o tinteros de algunos investigadores y en lucha por reivindicar una expresión ambientalmente correcta, desde emblemáticas obras de importantes arquitectos diseñadores.

 En estas condiciones lo visual, posteriormente sumado a lo estético-funcional, se ha ido  imponiendo sobre lo ambiental, mientras la obra, cada vez nás, se aislaba y separaba del entorno. En el ámbito académico, la función tornada estética (mecánica de planta), se ha impuesto sobre aquella deseada integralidad que, paradojicamente, se encuentraba (como relación ambiental entre habitación-tecnocultura-territorio), en la época Precolombina. De hecho nuestros académicos Talleres  Ambientales, si aparecen en el curriculo, en la mayoría de los casos son electivos. Quizás por ello, en muchas de las glosas a las selecciones premiadas en los Anuarios de Arquitectura, prima la descripción sobre la explicación y en la mayoría de los casos el funcionalismo y el fachadismo picto-escultórico, olvida la expresión  ambiental-espacial.

 

Desde aquella la maloca-sombrilla, que Cieza de León describió mientras cruzaba la provincia de Arma, a las últimas “cajas-escultóricas” de concreto, metal y vidrio, la arquitectura se ha ido acercando, cada vez más, a la violenta lógica de consumo impuesta por el mercado y la etiqueta. Se diría que la necesidad de integralidad, ha sido devorada por la apariencia, ahora mass-potenciada y en-red-dada, con carácter de espectáculo, en tanto escenografía urbana.. Algunos obras recientes en Popayán (Lotería del Cauca, interior de la Nueva Gobernación) lanzaron la estética de la arquitectura local, hacia la novedad de la superficie de vidrios y espejos. Se olvidó que el sol canicular que nos acompaña todo el año, el reflejo sobre el espacio público y vecino, agudiza el efecto invernadero. Estas obras nos llegaron, si se atiende como un hito temporal los proyectos de rascacielos en vidrio de Mies (1920s), con más de medio siglo de retraso.

 

La reacción por escapar a esa estética “fría” e ”industrial” impuesta por la eficacia de la razón instrumental, hoy se encarna en muchas obras de autor. Demasiadas se refugian en otro tipo de nostalgia que entendemos como posmodernismo (una re-aceptación, esta vez académica, de la estética neo-clásica, a nombre de la reivindicación de la Memoria) y posteriormente en el deconstructivismo (un discurso prestado a la literatura), el minimalismo (culto a la pureza, a travgés de una especie de memoria sin memoria, olvidándose que la persona no sólo acumula capital sino también símbolos), Todo en espera de la continuación de esa cascada acrítica de “ismos”. Este fenómeno, de alguna manera,  plantea una especie de contrapunto con obras en ancas de la opacidad del bloque de cemento y del ladrillo. En el fondo, desde la segunda modernidad Republicana, muy poco habría cambiado. Todos esos repertorios son variaciones formales, formuladas con diferentes tecnologías y medios materiales. Modulaciones más o menos afortunadas, de la composición geométrico-pictorica, estructurada a partir de los planos promocionales que Palladio decantó y editó en el siglo XVI, cuando dominó debido a su carisma y técnica, la práctica arquitectónica en el Veneto. De aquí que los cuatro libros de Palladio, no sean textos teóricos (como lo son los de Vitruvio y Albaerti), sino el caso cero promocional, editado por un diseñador-constructor reconocido.

 

Por un lado, entonces, existe un discurso profesional y académico lleno de separatas, Anuarios, concursos y revistas, saturado de negaciones, silencios y vacíos (el ser humano, por ejemplo, desaparece de las fotos de las excelentes publicaciones arquitectónicas). Esta vertiente se sostiene sobre conceptos como “limpieza”, “simetría”, “pureza”, “netedad volumétrica”, “unidad de lenguaje”, “simplicidad”. Desde esta estética planar y en muchos casos manierista se maneja el mercado de casas, el de condominios de “estilo” y la demanda de la  nueva arquitectura institucional y de servicios. Este discurso coexiste con un discurso nostálgico: Aquí la palabra “estilo” se usa, malusa, reusa, cargada de buenas intenciones. Un tercer discurso se sostiene en la oralización de los anteriores repertorios, apoyado por algunas cámaras fotográficas manejadas por maestros, oficiales y obreros de la construcción: esta es una especie de narración libre que sostiene la producción de una arquitectura barrial (95% de las obras de nuestros nucleos urbanos corresponden a estas oralizaciones sin arquitecto). Realizada como un juego libre de formas, materiales y colores (en la mayoría de las veces construida comunitariamente). Esta arquitectura, resume, verbaliza y populariza esa “elegancia”, esa “simetría”,  esa “limpieza”, ese “gusto”. Su  libertad expresiva se explica por tratarse de versiones más orales que letradas, de las obras en las cuales esos maestros y oficiales fueron los operarios. Por eso la apariencia de esta estética sin arquitecto evoluciona libremente como si fuera parte de un cuento que se altera entre más es contado.  

 

La anterior interpretación en cuanto a la circulación de significantes, también es aplicable (pero en el terreno más rígido de lo geométrico-formal) a la arquitectura académica y profesional sostenida sobre el estatismo visual de planos que se copian y repiten (ahora con el recurso del copy-paste), sobre todo de revistas y páginas web editadas en Estados Unidos y Europa. Puede decirse que estas ediciones se manejan todavía como se manejaba el “canon textado” en los antiguos Seminarios católicos.

 

Un cuarto discurso, remata todos los anteriores: se trata del sentir de los jóvenes y las jóvenes sobre la estética, la arquitectura y la ciudad. Ahora la atención en cuanto a la hegemonía e importancia de la imágen ya no resulta determinada desde la arquitectura, sino desde el “product design”: motos, vehículos, zapatillas, ropa, abalorios, equipamientos, equipos de sonido, gafas, objetos electrónicos, cabelleras, tatuajes, todo legitimándose como cascadas de signos, desde monitores, pantallas y vitrinas. Quien esté libre de pantallas, que tire el primer ratón.

 En una investigación que realicé, desde la comunicación, sobre el significado y evolución de ese paramento que llamamos fachada, encontré que la imagen dominante como “paramento urbano” para los públicos más jóvenes, ya no se genera en la arquitectura sino en el neón de los avisos; la “bacanidad” de la “pinta” y los gestos; el brillo de las motos “chimbísimas”; los vidrios curvos con formas de mujer; lo “áspero”, lo “original” o “chivis” y las muchas otras mercancias (tactiles, visuales, acústicas) que desde el consumismo definen la modernidad del espacio, el cuerpo y el gesto.

 

 Si los objetos notables antes estaban encerrados y confinados en las casas señoriales y estos se concentraban en las salas y se “abrían” en las visitas dominicales a los encomendados, ahora están regados por el espacio cultural, circulando por redes inmateriales de mass-información, lo cual estructura  el perfil de una novísima politica basada en una especie de tempo-cultura. Dicho de otro modo, en esta cuarta vertiente el espacio geométrico parece subvertido por un espacio cultural determinado por lo efímero, es decir, por el imperio del tiempo mass-mediado. Esta opinión de un joven de 14 años es sugerente en este sentido; mirando un “album” de fotos-caso, base de aquella investigación comentada, dijo: “¿Qué mire esas fotos? A mi no me dicen nada. Nunca he pensado en eso de fachadas ... De cosas que uno ve y oye me traman las propagandas de la tele. ¿Por qué lo pillan a  uno?; ¿qué es lo que  tienen? Yo creo que son hechas por especialistas en agarrarlo a uno. A mi estas fotos no me dicen nada”. O este otro comentario de un ayudante de construcción de 21 años: “Fachadas no tienen sólo las casas. Hay fachadas de carros. Hay fachadas de gente. Hay pinta ... El carro [con sus vidrios curvos] es como una mujer, puede estar bien engalladito,  bien hermoso, bien con sus líneas. ¿Me entiende? La gente puede mostrar una fachada de ladrón o no de ladrón. Las de las casas sólo sirven para mostrar si son modernas”.

 

Si la arquitectura precolombina como sistema estructural debe ser inscrita en un sistema tridimensional tipo “canasto”  (la malla de varas y vigas), la arquitectura de “aprender en los oscuro”, aquella “construída para siempre” y para “poblar de asiento”, debe inscribirse en el sistema plano bidimensional de “masas” y pares. Entonces, aquello que meta-comunica lo arquitectónico, es un complejo fenómeno sobre el que juegan: (a) la arquitectura de “material” versus la posibilidad de una arquitectura habitacional menos mineral; (b) la espacialidad dominada por la imagen versus el manejo integral del espacio habitable; (c) la interioridad versus la exterioridad; (d) la arquitectura de lo cálido-seco (“termos”) versus la arquitectura de lo cálido- húmedo (“sombrillas”); (e) la hegemonía de la “fachada pictórica o de caballete” versus el diseño de un paramento para el trópico húmedo (donde el 50% de la radiación solar cae por encima), es decir, la fachada entendida más como “membrana” (prolongación de la cobertura) que como una etiqueta plana. Todos estos elementos están hoy cruzados por la violenta manipulación del espacio desde el tiempo.

 

Se induciría que es posible, individualmente, ser moderno si se accede como consumidor disciplinado y acrítico al mercado de signos-objetos (Quinta modernidad, fenómeno que obviamente toca la sostenibilidad de las culturas, el sentido del espacio construido, la arquitectura y hasta la conformación coyuntural y política de la  ciudad-región). Modernidad posible, se sugiere, si pasivamente se acepta que es neutro y posible manipular ad libitum cualquier signo, si el proceso da tranquilidad y placer al consumidor. Estaríamos ante una especie de profetismo de perfil materialista. Aceptar esta condición, además, sería prerrequisito para participar en la estructuración y control de una apariencia supuestamente personalizable (camisas, tatuajes, zapatillas, objetos de marca, espacios, apariencia de lo construido). Parecería a través de esta vertiente, que se espera, política y económicamente, llenar el vacío creciente de indignación desesperanzada que aflora con fuerza en amplios y “desarrollados” sectores del planeta.

En verdad, este remolino signico, genera un anestesiante sentido de aparente libertad. Lo cierto es que permanece invisible el ocultamiento que esa trama-violenta-de-signos produce, sobre todo, en cuanto a respetar y valorar probadas experiencias ancestrales, relativas a la ecología, el tejido social, lo tecnocultural, la salud, la  habitabilidad. Como efecto dela fuerza de este remolino, empieza a entenderse que la sostenibilidad de la felicidad  (local-planetaria), depende de una concepción de progreso y desarrollo que respete la dignidad de la persona humana. Es decir, que la búsqueda, desde el diseño y para la arquitectura, de aquelladeseadada integralidad y completez (a través de una propuesta ambiental o integrativa) sólo parece posible cuando la violencia se transforme en bio-lencia y la “otro” sea reconocido como un “legitimo otro”. Máxime cuando hoy, es a través de una creciente tensión simbólica, se impone la indeterminación de un espacio cultural sostenido sobre la fugacidad. Es decir cuando este tipo de estructuración de sentido, es producido a través de un mass-estímulo mítico, adjudicado al poder mágico del signo (signos programados sin el  reposo necesario para que alcancen la densidad de símbolos). Este tipo de idolatría a la finitud, se mercadea, compra,  rápidamente se desecha y olvida. Desde las industrias culturales, entonces, se impone una estética del espectáculo y la fugacidad que genera, socialmente, una fuerte confusión. Tanto, en lo relativo a la arquitectura, en sus versiones populares, como en el discurso, currículo, docencia y estimulo de un cierto tipo formal de diseño, dentro de los ámbitos académicos. Guste o no, desde ahí se maneja y clona aquella estética relativista. Lícitamente podría decirse que ante la obra del colega, como competidor  vale inclusive la exclusión. Complejo y urgente problema teórico relativo a la formación académica del actual diseñador arquitectónico.

 

 

El flujo que se ha pretendido mostrar en este ensayo, desde las estructuras de tierra, varas y hojas de los antepasados indígenas a las de “material” (de lo biodegradable a lo permanente), no llevó a la arquitectura de la vivienda, luego de un viaje de varios siglos y mucha sangre, a la añorada idea de convertirse en un patrimonio estable y permanente como lo buscara Carlos V. A pesar de que con la tecnología del concreto armado y la aparición de los materiales más sofisticados, pareció haberse cumplido la utopía de ese “construir para siempre”, aquella imposible estabilidad estatuaria que se prendió a las estaciones del ferrocarril y a nuestra primera arquitectura industrial y habitacional con arquitecto, terminó “derrotada” por la fugacidad de objetos y significantes de muy corta memoria. Como se ha argumentado, expresión de una permanente erosión cultural que ha producido la negación de la historia, al no necesitar el aleron estabilizador de una determinada tradición. No es extraño, entonces, que aparezca la arquitectura como parte del ámbito en el cual se cocina la nostalgia y se manufacturan revividas “antiguedades” o “modernidades” (etiquetadas con su correspondiente “estilo”). todo sincrónico a  la producción de objetos-signos de rápido consumo. Se diría que manipular la fugacidad, es la principal industria del momento.

 

El impulso nostálgico que vuelve todo “estilo”, funciona como endeble timón estabilizador en este estado de alta indeterminación. Por eso el repertorio de gustos “culturales” que nuestros padres y abuelos pretendieron dejarnos como herencia, se ha transformado en un salpicón internacionalizado más impactante (quizás por lo fugaz, inestable y alucinante) que la producción para todo lugar y cultura que pretendió “internacionalizar” el Movimiento Moderno como arquitectura “pura” y “funcional” (Durante la tercera modernidad impuesta desde la Bauhaus, cuando se planteó el borrón y cuenta nueva y de hecho la industrializacion del olvido).

 

Si reviviésemos el momento en el que Carlos V dictó a su amanuense las estratégicas cédulas en la cuales legisló por una arquitectura habitacional para siempre. Si fuese posible participar de nuevo en las reuniones en las que los ideólogos del Movimiento Moderno (Bauhaus, CIAM-Para nosotros el tercer embate modernizador), soñaron con ese imaginario arquitectónico publicitado como “estilo internacional” que imponía una especie de Génesis cimentado sobre la relñación arte-industris, sentiríamos que hoy la arquitectura habitacional se ha diluído en una cascada de signos (sin la necesaria estabilidad para convertirse en sígnificantes), cascada salida de CDs, videos, películas, programas de televisión, etiquetas, vitrinas, modas, dietas, spas, revistas, Congresos, cuerpos tatuados, en fin, de miles de objetos que imponen una muy particular manera de sentir el espacio transmutado en des-tiempos, con lo cual se manifestaría una especie de eternidad de lo fugaz. Dentro de esta violenta disyuntiva (eternidad o fugacidad), es licito preguntar: ¿ Qué es realmente humano, dentro de este fluir casi epiléptico?. De hecho, la arquitectura se manejaría en las publicaciones especializadas, como si fuese otra decoración pasajera. Ahora más espectacular y rodeada como nunca de la idea de que lo “nuevo”, lo “inestable” se ha tornado lo eterno.

 

Hemos sido alucinados por un nuevo tipo de inmortalidad: La aparente inmortalidad de lo joven, lo distinto y lo novedoso. Este nuevo mito de eternidad aparente, se construye desde lo desechable como concepto sobrecargado de una especie de sentido sin sentido, soportado desde la lógica de sondeos, catálogos, telenovelas y propagandas (una novedad fugaz por el cambio de un color, el diseño de un vistoso empaque, una moda, un tipo de seno, pompis made-in-flash, gafas o zapatilla, una cierta manera de hablar o la aparición de la sobre-simplificación de efrímeras consignas). El consumo, al cual le viene de perlas estimular este estado mental, se encarga de ocultarnos que esa “inmortalidad” se estructura sobre el triunfo del consumismo, el cual se vendría de narices si fuésemos concientes de lo poco que necesitamos para vivir y ser felices. Ya empieza a entenderse, que del dinero para consumir no nace la felicidad. Que es de la felicidad de donde nace la felicidad y la posibilidad del pan nuestro de cada día. Esto tendrá un impacto economico, politico y arquitectónico formidable, que parecería no importar ni en lo educativo, ni en lo político.

 

 Aunque los medios se encargan de fortalecer cada día y a cada instante esa falsa idea de “eternidad”, lo que en verdad se fortalece es un individualismo posesivo (El “prohibido prohibir” de Paris 68) que conduce a un tipo de sociedad de individuos fragmentados, con muy poco espíritu comunitario y solidaridad tanto, con sus semejantes (son rivales a vencer) como con la naturaleza (son recursos a sobre-explotar y al mismo tiempo sub-utilizar). De aquí que la estética arquitectónica, en demasiados casos, se maneje como si fuese uno más de esos objetos, otro de esos efectos casi esquizofrénicos, novedosos, pasajeros e impactantes. Buen ejemplo de ello en el ámbito arquitectónico, son algunas obras hoy llamadas—gracias a un término prestado a la literatura—deconstructivistas. Estas son manejadas y entendidas como si fueran análogas a esos textos disparatado- no-lineales ( “fuzi logic”), con sus partes desalineadas a propósito y donde se niega a-priori la posibilidad de alcanzar el más mínimo sentido de unidad. Todo, se diría, es chupado por el sentido de espectáculo.

 

Puesto que el cambio es inevitable (de hecho, nuestro espacio habitable se construye mientras se destruye) hay que investigar cómo trabajar un enfoque integral, previo al diseño, en el que no se niege o excluya la fuerza de los miles de ejemplos de nuestra heteróclita arquitectura sin arquitecto y se pueda entender, incluir y manejar el ritmo de alteración del valor contemporáneo de “objeto”, “casa” y “habitar”. Como muchos lo señalan y entre ellos Bachelard (1986), gguste o no, para el ser humano el espacio más significativo sigue siendo el hogar: Uno de los focos de integración más poderosos de tecnologías, pensamientos, memorias y sobre todo acumulación de sueños. Hoy en día el reto para el diseñador, sería tratar de manejar simultáneamente las complejas relaciones que tensionan el espacio habitable, sobre el fenómeno que impone la relación entre innovación y decadencia. Aquí se cruzan las tensiones entre diseño, identidad, modernidad, tecnología y naturaleza, sin olvidar que hoy lo natural (y, por extensión lo ambiental) son construcciones sociales que superan lo meramente biológico. La búsqueda de este nuevo saber sintético, requiere un proceso similar al que se plantea como reto para gestionar el llamado “desarrollo sustentable a escala humana”.

 

La idea de un discurso “universal” para el espacio habitable independiente de la vida del día-a-día y de situaciones históricas, tecnoculturales y ambientales concretas ya es, afortunadamente, insostenible. Nuestra arquitectura y nuestro urbanismo están en deuda (humana, ecológica y ambiental), al seguir presioneros de la hegemonía del “plano”, de la lógica bidimensional y de la tiranía de lo impactante y lo efímero. Dentro del contexto de prácticas y ámbitos culturales específicos, el espacio es más que geometría o una imagen más de caballete. Como prolongación de la busqueda de identidad  (espacio cultural) el diseño y producción de habitabilidad a diferentes escalas, permitiría evidenciar y definir invisibles relaciones entre micro-climas, espacios singulares, materiales, tecnologías, personas, actividades, cosas y conceptos. Modernización significa, después de todo, la permenante alteración de ritmos espaciales y temporales que hay que saber entender y manejar, conciliando lo Libre con lo Planeado y Totalizado, como propuso Teilhard de Chardin (1974).

 

Si en varias circunstancias, sobre todo en la arquitectura e ingeniería religiosa, pero también en las obras civiles (e.j., Morro de Tulcán en Popayán e hipogeos en Tierradentro; casas de hacienda e iglesias; puentes y acueductos), se trató de materializar espacial y temporalmente lo soñado o mitificado, aquello que algunos llaman el “mito realizado”, la dificultad actual para alcanzar esa meta es que, dentro de los parámetros fundamentalmente materialistas que nos determinan, domina la fragmentación y lo efímero, mientras se priorisan como universales la monetización desregulada de la vida, el despilfarro de recursos, culturas y energía, el mercado de objetos (la mayoría no necesariamente útiles) y la volatil y nerviosa circulación de capitales. ¿Cómo lograr en estas condiciones un sentido estable, una identidad que no desaparezca con la moda de turno, un objeto de memoria suficientemente larga para referenciar a las personas, familias y grupos que son la razón funcional y vital del espacio habitable? La actual crisis ambiental, ayudaría a empezar a responder esa pregunta. No sólo por la deuda humana, ambiental y ecológica que arrastran nuestros diseños, sino porque el entendimiento del diseño como parte del problema ambiental (calidad ambiental de lo diseñado) sería la meta y el humanizante punto de acumulación de largo plazo, que permitiría liberar a la arquitectura y a sus productores de la efemeridad, de la moda, de la aparente tranquilidad de inestables efectos visuales y de la fugacidad de los llamados estilos.

 

 La deseada integralidad que debería tener lo arquitectónico[15], ha terminado reducida a la epidermis de unas superficies manejadas como composiciones pictóricas o, cuando mucho, escultóricas. Muchas de ellas armadas con prestamos hechos a la literatura. Además, lo virtual es hoy el terreno de juego. Por eso es urgente que los planes de arquitectura exploren y construyan un nuevo sentir para escapar de este remolino, sentir que lícitamente habría que llamar diseño ambiental o integrativo. Mientras esto se consolida, lo fugaz impone el ritmo. Así lo entendieron los insectos devoradores de madera y quienes no olvidaron que nuestra tierra es “tierra brava”, es decir, que nos toca vivir entre comejenes, sismos, violencias y catástrofes.

 

Para enfrentar tormentas, rayos, comejenes y terremotos desde el pedestal de la cruz de Belén en Popayán (así desde ese hito no se haya contemplado cómo enfrentar el poder de la actual cascada de imágenes que satura e impacta el espacio habitable y la cultura debido a la Virtualización de lo Verdad), se propone un orden preciso de oraciones. Habría que tratar de explorar otro sistema complejo de reflexiones para tratar de garantizar que no sea total la ruina de lo pensado y luego construido. ¿Qué tipo de invocación podría ayudarnos a enfrentar la realidad virtual y la manipulación de imágenes que estimulamos como profesores y profesionales y que hace crecer la deuda tecnológica, humana, ecológica y ambiental que arrastra entre nosotros el diseño del espacio habitable? El diseño implica un compromiso de creación y sentido común por ahora deficitarios. La respuesta quizás tenga que ser, en mucho, teológica, al tocar problemas cruciales de una creatividad responsable.¿Qué norte profesional adoptar? Este problema fue abordado en 1962 por el profesor Heladio Muñoz (Facultad de Arquitectura de la Universidad del Valle) en un memorable debate con un profesor visitante argentino, quien idolatraba el funcionalismo y el formalismo: Muñoz le señaló que el problema de la arquitectura no sólo era un asunto de apariencia y funciones sino, fundamentalmente, un problema de diseño y calidad ambiental. Poco hemos avanzado durante estos 50 años en el entendimiento de lo que es el diseño arquitectónico y la investigación de la matriz que explique ese tipo fundamental de calidad que involucraría: (a) lo político y la gestión; (b) el territorio, es  decir, el microclima, los recursos, el poblamiento y los asentamientos humanos; (c) la compleja relación entre diseño/naturaleza/tecnoculturas/sociedad y (d) las tensiones entre las escalas de lo global y lo local, la equidad, la paz y la justicia.

 

El regreso a un paraíso agrario es imposible: Sería hora de superar la idea de la infalibilidad de la naturaleza. Jugar todos los restos a una utopía tecnológica, donde aparatos y sistemas sofisticados lo resuelvan todo, es un profetismo plagado de costos y espejismos que muy pocos podrían asumir: equivaldría a construir un deshumanizado neo-paganismo materialista.

 

 Como debe haber pensado mil veces Simón Rodríguez, mientras hacía velas en Túquerres (donde vivió algunos de los últimos seis años de su vida, mientras hablaba francés con un químico de Marsella llegado a esos páramos a explotar la quina y cuando, mientras tomaba canelazos con el europeo, reiteraba a cuantos se le atravesaban, que si no había podido iluminar las mentes de los latinoamericanos, por lo menos iluminaría sus casas), se escribía que Simón Rodriguez, además, debe haber contrastado y cruzado ideas sobre una realidad educativa integral, incluyente y luminosa. El reto que desde entonces se plantea hoy al diseñador arquitectónico, para tejer en una trama comprensible tánto hilo suelto -- cuando el afan por un diseño más integrativo o ambiental está a la orden del día, el repertorio de materiales se publicita como una paleta casi indefinida, la reivindicación política de la memoria se transforma en bandera de vanguardia y el virtuosismo en cuanto al diseño y producción de la imagen alcanzado sofisticación tan notable y edición tan amplia—se debe terminar apuntando que el reto que se nos plantea a docentes y profesionales, se resumiría en una de las síntesis más comprometedoras de Rodriguez:“ Inventamos o erramos”.

 

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(1)  Profesor Universidad del Valle

Departamento de Diseño - Director Sección del Ambiente

Facultad de Arquitectura

 

 

 

 

 

 

 

 

Referencias

 

(Texto revisado en Septiembre/2010)

 

Anónimo

1941   Chilam-Balam. UNAM, México.

 

Aprile-Gniset, Jacques

1976     Algunas anotaciones sobre el pueblo de la Conquista. Revista Facultad de Arquitectura Uiversidad Nacional No.2, Editorial Lealon, Medellin

1977      

 

Bachelard, Gaston

La poética del espacio, Brevarios Fondo de Cultura Económica, México 1986

 

Cervantes, Miguel de

El celoso extremeño. En Novelas Ejemplares, tomo II, pp 25-61. Juventud, Barcelona .

 

Cieza de León, Pedro

1972     Crónica del Perú· Aguilar, Buenos Aires

 

 

Cobo, Bernabé

1972   En Crónicas de Indias, editado por Alianza Editorial S.A, pp 98 a  102. Salvat, Barcelona.

 

Chaves, Alvaro y Puerta, Mauricio

1988 Vivienda Precolombina e Indígena Actual en Tierradentro. Banco de la República, Bogotá.

 

de Chardin, Teilhard

1974   El Fenómeno Humano. Taurus, Madrid.

 

Encinas, Daniel (Compilador)

1946   Cedulario Indiano. Aguilar, Madrid.

 

Fernández de Oviedo, Gonzalo

1972 En Crónicas de Indias, Ibid., pp 85 a 94

 

Gumilla, Joseph

1741   Historia natural civil y geográfica de las naciones situadas en las riveras del río Orinoco, Tomo II. Carlos Gilbert y Tuto, Barcelona.

 

Harvey, David

1989   The Condition of  Postmodernity. Basil Blackwell, Oxford.

 

Moia, José Luis

1943     Planos Completos de 50 Viviendas. Windsor, Buenos Aires.

 

Rodriguez, Manuel

1997 en Los Paeces: Gente Territorio, Gómez Herinaldy y Ruiz, Carlos Ariel, Editorial Universidad del Cauca, Popayán

 

Thomas Mosquera, Alvaro

2008 Fachada e Interlocución, Editorial Universidad del Valle,  Artes Gráficas del Valle Ltda., Cali

 

 



[1] Facultad de Arquitectura, Universidad del Valle.

[2] Vale la pena recordar, tangencialmente, que los banqueros Fugger apoyaron económicamente la elección de Carlos V con la condición de que les otorgase la exclusividad de la comercialización del “palo santo”, un arbusto tropical que se creía poderoso específico contra la sífilis que asolaba Europa.

[3] No se ha trabajado suficientemente la relación entre “espacio oral” y “espacialidad letrada” para explorar el significado de la arquitectura como arma de dominación y colonización. De hecho, las explicaciones dominantes están basadas en un materialismo histórico construído, fundamentalmente, sobre lo lineal y por tanto sobre lo dual. De hecho, muchas veces se sugiere que lo local-tribal era un paraíso agrario, un ámbito sin tensiones, una Arcadia feliz, y que el orden impuesto por la conquista fue un completo error histórico. Este tipo de tonalidad claramente roussoniana  ( “el salvaje feliz” o “el salvaje terrible  ) aún sigue activa e impede entender lo que está oculto más allá de la dominación física, económica y simbólica de territorios y pueblos.

[4] Basta mirar los hipogéos de dos y tres pilares en Tierradentro, donde se expresa la estructura de madera de la casa tradicional y su claro carácter de vivienda biodegradable para los vivos. Cuando se vuelve vivienda para los muertos cambiaba su temporalidad y se volvía permanente, como las lomas de arenisca en las que fueron excavadas las tumbas.

[5] Celestino Cantero, médico tradicional de la vereda Cacique, quien había vivido también entre los paeces.

[6] Este fenómeno fue típico durante las fiebres del oro en California y Australia (1860s). Entonces se impuso una arquitectura de coyuntura de madera. Lo mismo sucedió en la zona minera de río Cauca (San Francisco y Asnazú, en el eje Timba-Suárez). En esa explotación se produjo la primera arquitectura prefabricada en la historia del Cauca, pero no con concreto y metal, como enseña el discurso moderno en arquitectura, sino con madera. Partes de las viviendas de los administradores extranjeros de esa explotación en Asnazú fueron traídas en “kits” desde Norteamérica y Canadá en la década de 1940.

[7] Joseph Gumilla (??:229) escribió que para cortar un árbol usando hachas de piedra se necesitaban dos lunas, es decir, dos meses, y sólo un día usando hachas de hierro. Hoy con una motosierra el trabajo se puede hacer en media hora. Por otra parte, para darle perspectiva a la relación entre recursos necesarios (madera, piedra, tejas, mano de obra), espacialidad producida y cantidad de usuarios debe pensarse que a finales del siglo XVI los 22 vecinos de Arma eran encomenderos de 17.000 personas; de los 30 españoles de Anserma 18 eran encomenderos de 5.000 indígenas. Cieza de León (1972:75) escribió que al occidente de Cali (lo que hoy es Pavas, Restrepo y Darién) “hay muchos pueblos poblados de indios [sujetos a los 23 vecinos de la ciudad], gente simple, sin malicia”. El capitán Agüero era encomendero de 10.000 personas.

[8] El aro superior de las construcciones de este tipo era, muy probablemente, un lucernario por el que salía humo y entraba algo de claridad.

[9] Así se transformó la costa norte del Mediterráneo en un paisaje de rocas desnudas. En el Mio Cid, antes del viaje de Colón, se dice que un mono podía viajar por las ramas de los árboles, sin tocar suelo, desde los Pirineos hasta Gibraltar.

[10] Este fenómeno no sólo se produce porque existan fuertes tensiones sociales. La arquitectura “efímera” que se encuentra hoy en muchas zonas de la costa caucana del Pacífico se puede explicar por la extraordinaria, y a veces catastrófica, variabilidad del entorno (cultural, social, tectónico, hidrológico). Puesto que la planificación territorial se sostiene sobre la estabilidad, no sobre la variabilidad, se producen fallas y grandes desperdicios cuando se quiere imponer, desde una oficina en la ciudad, una estabilidad total a un entorno variable. De hecho, ¿nuestras ciudades no se construyen mientras se destruyen, aún en las áreas de vivienda de “interés social”?

[11] En esos pedestales y mausoleos se usó por vez primera el cemento en el Cauca, material que venía de Dinamarca en barrilitos de madera como se transportaba el  ron.

[12] Esta arquitectura puede ser entendida, igualmente, como un neobarroco oralizado; de ahí su libertad de formas y colores. Este es un patrimonio cultural todavía invisible que, por ahora, se maneja bajo el eufemismo de “kish” o de “mal gusto”. Este intento de “liberación” frente a la tiranía del plano ya se había sentido en la iglesia de San José en Popayán. Este fenómeno servió para apoyar la posibilidad de que el barroco y la polifonía en Europa fueran el efecto del impacto oral de América sobre aquellas culturas letradas.

[13] Sin embargo, las arquitecturas actuales con firma profesional pueden entenderse como simples variaciones visuales del tipo italianizante de “fachada de caballete” que se promocionó y gestionó a partir de la llegada a este lado del Atlántico del “buen gusto” a lomo de cemento.

[14] Buenos ejemplos de “estilo colonial” en Popayán son La Viña, el Palacio Nacional y la Caja Agraria

[15] Ffirmitas lo llamaba Alberti hace casi cinco siglos; en esa época se señaló que las consideraciones estéticas (venustas) no debían alterar esa necesaria integralidad.

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El tratado de la silla (versión original)

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